martes, 24 de febrero de 2009

La distancia entre la decencia y la docencia


Por: Enrique Plasencia
Cascas, La Libertad

Una vez más, se evaluó a los docentes. Ayer, se anunció una nueva evaluación al magisterio nacional. Mañana, probablemente, habrá un nuevo enfrentamiento entre el magisterio, el Estado y la opinión pública.

Como era de esperarse, la “prueba” del domingo no estuvo exenta de problemas. Aunque algunos digan que no hubo nada de raro y los otros que fue un fraude total, lo cierto es que las cosas se quedarán allí hasta el fin de los tiempos. Y mientras las reglas no estén claras y la transparencia no se defina desde una óptica objetiva, la cuestión se presenta absurda e inverosímil.

Y es que aquí nadie sabe quién hace la prueba. No se conoce los procedimientos que se realizan para hacerla bien. No sabemos qué hay de objetivo y de subjetivo en la misma. Y, finalmente, ni siquiera conocemos el contenido de la misma. La Universidad Nacional de Trujillo, por ejemplo, tiene un prestigio bien ganado en la aplicación de sus exámenes de admisión y, nos guste o no, las cosas en ese sentido andan bien.

Aquí, la prueba se hace entre gallos y medianoche, se ejecuta y se prohíbe que los evaluados lleven consigo los cuadernillos. O sea, ¿nadie debe enterarse del contenido del examen porque los que lo hicieron temen enfrentarse a la objetividad de la opinión pública? Habrá que adivinar.

Pero del otro lado está la puesta en escena de una escalofriante realidad del absurdo. El docente ha pasado a ser un completo convidado de piedra en la escena nacional. Es decir, el líder que debería ser ha cedido su lugar al mediocre y apestado profe que se contenta con su sueldo, su laptop y su derrama magisterial que enriquece a sus líderes. Basta escuchar RPP para darse cuenta que allí, de todos los que hablan de educación, los únicos ausentes son los maestros. El SUTEP nunca habla de educación, sólo de refritos sindicales y aumentos de sueldo. El Colegio de Profesores no existe porque hay “dos ganadores” de las elecciones que ocupan el 100% de su tiempo en leguleyadas y los estudiantes, herederos al fin de esta tradición educativa estúpida, ni siquiera se han dado por enterados de estos problemas.

Conozco y doy fe de la existencia de docentes con más de 35 años de servicios que no se jubilan y que enseñan a niños de primaria. En la práctica, sería como que un elefante trate de competir con la velocidad de una liebre. Hay docentes que tienen 20 años de servicios pero que apenas terminaron la secundaria y, encima, son directores. Hay docentes que duermen la borrachera en plena plaza de armas del pueblo y los hay quienes creen que los alumnos son sus empleados y los hacen trabajar en sus chacras. En fin hay de todo en esta viña del señor.

Y eso es consecuencia de una de nuestras inteligentes y famosas leyes que hicieron añicos la educación en vez de reformarla. La ley 24029 (modificada por la ley 25212 y reglamentada mediante Decreto Supremo 019-90-ED, y promulgada durante el primer gobierno aprista bajo el amparo de la entonces ministra de educación y hoy ministra del interior y mañana, talvez, primera ministra) permitía todo tipo de gollerías a los docentes. Las consecuencias las vemos ahora y mañana las veremos en peor dimensión.

Y aquí cabe preguntarse ¿hay que seguir con los mismos docentes fracasados? ¿hay que sacrificar la calidad educativa en beneficio de la famosa “estabilidad laboral” de los docentes? Y, una pregunta odiosa y repugnante, pero siempre válida: ¿hay que tolerar la fabricación de profesores en serie sin los más mínimos estándares de calidad?

Al estado neoliberal, naturalmente, le conviene mantener docentes títeres. Y como, vemos, al docente lo único que le importa es una “plaza” de supervivencia. Los miles de maestros que van a las “pruebas” sin siquiera saber por qué, lo confirman. El estado que invierte más de cinco veces en gastos militares lo que invierte en educación lo reconfirma. Una sociedad que es la hija de esa realidad, nunca será capaz de mirar el problema objetivamente.

Ahora quedamos nosotros, los que vemos el problema “desde fuera” y, al menos, lo vemos fríamente. Y esos “nosotros”, ¿seremos capaces de levantar la bandera de la docencia decente?

Corren las apuestas.

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