viernes, 13 de febrero de 2009

Truxillo, de la humanidad


Por: Álvaro del Río Alegría
Presidente del Patronato por Trujillo


Trujillo se nos cae. Esa es noticia cotidiana. El viejo Trujillo, ese que fue de relucientes veredas, altos muros, de ventanas singulares, de tradición e historia por sus casonas, sigue aún su penitente y bíblico destino de convertirse en polvo.
Se deshace cada día ante la impaciencia de muchos y la perseverante indiferencia de la burocracia.
En la comodidad del escritorio, los funcionarios aparentemente responsables del asunto hicieron lo que mejor pudieron –que no fue precisamente mucho- pero sobre todo se ocuparon de lo que más les conviene y evitaron perturbar su cotidiana rutina, sujeta al TUPA de turno.
Y aunque -según reza la profusa propaganda- sean estos los tiempos de grandes cambios para unos y prósperos avances para otros, para el Trujillo histórico la cosa sigue igual o peor.
Hacia los años 60, de los que tengo nítido recuerdo, la nuestra era una ciudad coherente, con un paisaje urbano armónico, estético y por cierto muy atractivo. En esa época no existían muchas normas, ni INC, ni PAMT, ni rigurosas comisiones técnicas. Entonces los regidores no recibían pago alguno, ni tampoco los alcaldes. Y no tenían tantos títulos y grados, como los de ahora, que parecen lucir más medallas que viejo mariscal de la fenecida Unión Soviética. Los de antes eran gentes que asumías sus cargos en el gobierno local, como un honor y se empeñaban en preservar la ciudad.
Y se tenía mucha vocación por mantener la identidad de Trujillo, es éste Trujillo, de nuestro Trujillo, el del escudo sin cambios, el de voluntarias banderas al viento cada 29 de diciembre.
Las autoridades solían ser convocantes y no confrontacionales. Nadie era angelito, ni esto era el cielo, pero de hecho habían menos diablillos.
Ahora bien, la nuestra es una ciudad que se supone esta tutelada por viejas normas que ordenan, mandan, imponen que los propietarios preserven sus antiguas casonas y las tengan a su diestra, protegidas como a niñas bonitas que son. Sólo que tales imperativas disposiciones no van acompañadas más que por la severidad y prepotencia legal, heredada de la dictadura militar de Velasco.
Era y lamentablemente aún es, la aplicación supérstite del concepto arcaico que las órdenes deben cumplirse sin dudas ni murmuraciones.
Y claro, como toda absurda orden, se torna en una soberana letra muerta y nadie la cumple.
Y peor aún, cuando funcionarios complacientes distorsionaron y distorsionan el concepto básico de preservación, permitiendo nuevas construcciones no sólo de muy dudosa estética, sino absolutamente incompatibles con la conservación del continuo urbano de la ciudad.
Los ejemplos abundan, empezando por el propio local del INC La Libertad, que para el caso resulto una suerte de diablo predicador, porque la propia institución no respetó los principios conservacionistas que propugna desde su fundación, habida cuenta que en el inmueble que ocupa funcionó durante la colonia, nada menos que el Tribunal de la Santa Inquisición de Trujillo y ahora es una sólida estructura de modernoso concreto armado, con cinco pisos y ni un solo restito de adobe o madera o yeso, ni cera de abeja, ni ninguno de esos menjunjes de fórmulas misteriosas de antiguos alarifes, que sus severos burócratas exigen usar a otros propietarios de fincas monumentales.
Así estamos. Esa es nuestra realidad.
Pero seamos positivos. Alentemos la esperanza que no todo esta perdido y propiciemos que sea finalmente realidad eso de “el gran cambio” o aquello de “avanza Perú”. Los slogans no importan, total son frases que “per se” no significan nada, sí es que los actores políticos no les dan contenido.
Y sí queremos que Trujillo conserve el patrimonio monumental que aún le resta, debemos empezar ahora y cuanto antes.
Una forma de hacerlo es asumir algo que tiempo atrás se intento, no se logró, pero que ahora habría que obtener.
Nos referimos a concretar que UNESCO certifique la calificación de Trujillo como patrimonio de la humanidad.
Ese título nos conduciría, no sólo a ser un destino turístico muy importante en el escenario mundial, con los singulares beneficios económicos que esto implica, sino que nos forzaría a todos a desarrollar una verdadera conciencia de conservación y valor agregado a los inmuebles que aún se mantienen en pie.
Esto es, podríamos alentar la esperanza cierta que se detendría la destrucción del Trujillo histórico y la actual letra muerta, se volvería una ciudad viva.
Para el caso asumimos que existe un ambiente propicio, tal como lo recogimos de coloquios con la Directora Nacional del INC Cecilia Bákula, con el Arquitecto Wilfredo Torres y sobre todo con la arqueóloga Ana María Hoyle, todos actores principales en la alta dirección de esta institución y que comulgan con este anhelo.
Sería estupendo que al buen espíritu que alienta a ellos y a los ciudadanos que agrupa el Patronato por Trujillo, puedan aunarse con real vocación las autoridades locales.
El alcalde César Acuña también expresó interés. Y es tiempo de recuperar lo perdido.
Sí todos estos actores importantes de la preservación monumental e histórica conjugan voluntades con la municipalidad y la sociedad civil, para lograr conducir un proyecto con técnicos realmente calificados, se propiciará la efectiva rentabilidad de la zona monumental y esta ciudad será en poco tiempo tan o más visitada que Cartagena de Indias, porque además aquí tenemos otros atractivos que ciudades como la referida no tienen.
Están Chan Chan, la Huaca de la Luna, El Brujo, Huanchaco, la marinera y una cocina estupenda. Y todo el conjunto hace una formula perfecta, para lograr un espectacular destino turístico.
El reto esta planteado. Rescatemos Trujillo del polvo, del abandono y de la burocracia. Seamos por fin, lo que siempre quisimos ser: una ciudad importante, no sólo para el Perú, sino para la humanidad.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Hagamos algo por truxillo!!!! odio el INC, ese que no hace nada!! aplaudo al Dr. Campana por su trabajo en Chan Chan, el INC significa INCompetentes.