jueves, 16 de abril de 2009

LA DELGADA FLECHA ROJA

Por: Enrique Plasencia Calvanapon

El centro de Trujillo es ahora una cuestión de vida o muerte. A veces más de muerte que de vida.
Hace unos días nos estremeció la muerte de una ciudadana rumana a manos de un loco del volante que, en medio del alcohol, creyó ser dueño de la calle y condujo su vehículo hasta el centro de la tragedia.
Semanas atrás, un irresponsable chofer de micro mató a dos niños que caminaban tranquilamente por una calle por la que, se supone, no circula este tipo de vehículos.
De todas las calles de Trujillo, la que más me gusta ahora es el Jirón Pizarro. Por allí a veces me explayo caminando por en medio de la calle, aun considerando que estoy en el camino de un arma de doble filo. Porque de pronto aparecen vehículos “oficiales”, camiones repartidores, patrulleros y otros que toman la calle a pesar de ser una zona restringida para los motores.
Trabajo en el Jirón San Martín, justo frente al local de la Gobernación y ahí el panorama no es alentador. Hasta hace unos meses esta calle era una de las menos congestionadas. Hoy, no hay un minuto libre de vehículos dispuestos a arrasar con todo para llegar rápido a su destino.
No han sido pocas las veces en las que he tenido que esquivar, en la misma vereda, a motocicletas apuradas o automóviles estacionándose sobre la acera y en la misma zona rígida. Algunas veces he visto a personas toparse con los espejos o los parachoques de los autos.

Pero ahí no termina el peligro. Un día cualquiera, un claxon sonaba constantemente. Salí a ver qué sucedía y en una camioneta de lujo, un señor de unos 70 años había decidido pegar eternamente su mano en el comando de la bocina. Cuando le increpé su actitud me mandó hasta más allá de mi nacimiento. Como no soy de los que se queda atrás, le increpé con más fuerza. Bajó de su carro con todo desparpajo y empezó a amenazarme con un atropello o un balazo. Yo me retiré prudentemente pero escuché que luego apuñalaba a una mujer con el filoso cuchillo de su vocabulario: esta mujer era la que no hacía caso de los bocinazos.
Pero lo que más me preocupa en estos días es la flechita que se ha incorporado a los semáforos y de la que nunca me hablaron en la escuela. He preguntado a muchos de mis alumnos, sobrinos, amigos y hasta enemigos y a ninguno le han explicado algo sobre la bendita flecha que aparece al costado de la luz roja y que, hasta para mí que me precio de tener el sentido de la vista bien desarrollado, pasa desapercibida.
Me di cuenta de ella cuando un amigo taxista avanzó a pesar de la luz roja. Le dije que eso no estaba bien, pero amable y didácticamente me dijo que estaba en rojo sólo para los que volteaban a la izquierda, pero que la flechita indicaba que sigan nomás los que van de frente. O sea, si no tenemos un ojo de águila o muy buena suerte, podemos convertirnos en puré de huesos o bolsa de carne dispuesta a ser devorada por la fauna amarilla que es la que más abunda en nuestras calles.
En conclusión, estoy analizando seriamente la posibilidad de trabajar en mi casa y hacerlo todo ahí, a pesar de mi terror a los terremotos.

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