sábado, 31 de octubre de 2009

ENTRE BRUJERÍA Y CRIOLLADA

Por: Enrique Plasencia Calvanapon
kikito2404@hotmail.com

Para ser sincero, nunca me asustó tanto el tema de las brujas. Primero, porque nunca me creí eso de que ellas tienen una nariz adornada con una inmensa verruga, un solo diente cariado o una risa de lechuza asmática y, segundo, porque la única bruja que yo conocí en mi niñez era mi abuela que, en vez de perder el tiempo volando en su escoba se andaba de aquí para allá haciendo tanto de comadrona como de recogedora de espíritus que, en momentos de susto terrible, se alejaban del cuerpo o haciendo de herbolaria si la situación lo ameritaba.
Y esto me viene a la mente porque, vaya recuerdos, los cuentos que escuchaba o leía tenían, casi todos, un componente brujeril. Ahí estaban la bruja que envenenó a Blancanieves, la bruja Cachi que se pasaba la vida tejiendo sentada en la luna o la bruja Circe, tratando de retener a su Odiseo a toda costa, entre muchas otras brujas ilustres o desconocidas.
Por supuesto, y con los años, las brujas han ido sufriendo transformaciones y éstas han adoptado formas y funciones diferentes dependiendo del contexto que les ha tocado vivir. Así, el dichoso término no es tan romántico si quien lo menciona es el esposo después de veinte años de matrimonio, o una hija enojada porque hoy no tiene permiso de celebrar; pero suena hasta a paraíso cuando se dice “tu belleza me ha embrujado”, por ejemplo.
Mención aparte merecen las brujas a las que la iglesia católica persiguió y asesinó. En aquellos tiempos tener una cicatriz en las axilas, un lunar en el ombligo o unos ojos para ver más allá de las trivialidades, amén de inteligencia, significaba hoguera, garrote y suplicio enardecido.
Y, sin embargo, hoy se celebra el día de las brujas. O sea, éstas son inextinguibles. Se ha hecho de todo contra ellas y cada día están más vivas que nunca.
En realidad, la fiesta de Halloween no es otra cosa que una invención más de la iglesia para destruir definitivamente a las brujas. Si exagero, autorizo a que alguna bruja enojada me convierta en sapo.
Empecemos desde el principio: los celtas iniciaron una celebración denominada Samhain que era algo así como la despedida del verano y que, entre otros acontecimientos, traía el fin de las cosechas y la entrada a la época oscura del invierno. Estos humanos creían que justo en esos días, se estrechaba la línea y se abría la puerta entre éste y el otro mundo y los espíritus podían traspasar las fronteras de la existencia. Como siempre había buenos y malos en la historia y se homenajeaba y celebraba a los buenos (casi siempre los propios familiares) en tanto que se ahuyentaba a los malos para evitar su intromisión en los asuntos de vida. ¿Las armas? Máscaras terroríficas. Y bueno, como el frío arreciaba, se hacían muy necesarias las hogueras para calentarse un poco.
Con la invasión romana, la fiesta de Samahin traspasó fronteras y años y se hizo una fiesta muy popular en todo el imperio.
En una época en la que predominaban las festividades "paganas", los Papas Gregorio III (731–741) y Gregorio IV (827–844) intentaron suplantarla por una festividad cristiana (Día de Todos los Santos) que fue trasladada del 13 de mayo al 1 de noviembre. No hay que imaginar mucho para darnos cuenta que los sumos pontífices hacían lo que se les daba la gana con el calendario.
Y así llegó a Irlanda a donde en 1840 también llegó el hambre y muchos abandonaron su país y navegaron hasta los Estados Unidos, llevándose su propia versión de la fiesta.
A su turno, la fiesta adoptó el nombre de All Hallow's Eve (víspera del Día de Todos los Santos) y, con el tiempo, el nombre migró a Halloween y aquí la tenemos ahora, compitiendo nada más y nada menos que con el mismísimo Día de la Canción Criolla, fiesta a la que algún guasón también trasladó al 31 de octubre, tal vez con afán exorcisador.
A pesar de su origen anglosajón, la dichosa fiesta de las brujas (que como vimos, no tiene nada que ver con ellas) ha llegado a ser una fiesta casi universal con una fuerte dosis de publicidad y chabacanería, que tampoco tiene nada que ver con sus orígenes.
Hoy, como ha venido pasando en los últimos años, seguramente millones de almas se vestirán de negro, utilizarán máscaras, tallarán calabazas y celebrarán hasta el alba una fiesta de la que sólo saben que se ha hecho “para divertirse”.
Y seguramente unos cuantos miles se pondrán su escudo de “bien peruano” para ir a celebrar con la “mejor música del mundo” y así pasará otro año para esperar otro y otro y otro. En tanto, el mundo de consumo seguirá en su inagotable ritual para exprimirnos hasta la última gota de sensatez.
Y si consideramos que esta noche las almas salen a darse su vueltita por el mundo que de ellos también fue, recibirlos con guitarra y con cajón no estaría nada, nadita mal.

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