miércoles, 11 de noviembre de 2009

La palabra del muro

Por: César Hildebrandt
Columnista – Diario La Primera

Alguna vez, cuando Willy Brandt era Canciller, yo también crucé el muro de Berlín.
En el checkpoint Charlie, el más importante de los tres pasos que comunicaban los dos Berlín, crucé el control erizado de cemento y guardias a bordo de un ómnibus que, de inmediato, cambió de tripulación: tanto el chofer como la guía –más que una guía, un cuadro político escogido entre las mujeres más guapas del sector oriental- pertenecían a la República Democrática Alemana, el nombre oficial de aquel país miembro del Pacto de Varsovia cuya capital era esa ciudad dividida. Esa ciudad donde había estado a punto de estallar la tercera guerra mundial.
Nos llevaron por todo Berlín comunista, que no era feo ni lúgubre como dicen algunos de oídas sino austero y lleno de espacios públicos enormes, y la guía, en voz alta, iba diciéndonos: a la izquierda tienen ustedes la Alexanderplatz, este es el Karl Marx Allee, aquí tienen la Friedrichstrasse.
Después pudimos pasear libremente y dispersarnos por donde quisiéramos –a una hora señalada el bus vendría a recogernos en un sitio convenido-.
Al final de mi breve recorrido llegué a un hotel llamado Berolina, donde tomé un café. En una sala de lectura contigua uno podía encontrar, en veinte idiomas distintos, el folleto con la última entrevista del líder comunista Erick Honecker, que había reemplazado al ortodoxo Walter Ulbricht.
Berlín oriental no era lúgubre sino aburrido. Y el Estado policiaco tenía una presencia mucho menos grosera que en otros países de la órbita socialista. La RDA era, en todo caso, la economía menos artificial de los países del CAME y se destacaba en la industria óptica y en la elaboración de algunos textiles sintéticos.
A pocos metros del muro, en el sector occidental, en las cercanías de la Puerta de Brandenburgo y mirando justo al sector soviético donde estaba el checkpoint Charlie, se erguía el gigantesco edificio levantado por el zar de la prensa germano-occidental Axel Springer.
Allí estuve, en su último piso –donde tenía su sede el Club de la Prensa- y poco después asistí al espectáculo que más irritaba a los dirigentes de la RDA: un letrero electrónico, erguido en la azotea de aquel coloso, donde discurrían sin cesar las noticias que la prensa controlada del Berlín Oriental no publicaba. Era el periódico gratuito y subversivo que el dueño de Die Welt y Bild había creado como aporte a la guerra fría.
Se dice que al comunismo lo mató la economía. Puede ser. Pero yo tengo la indemostrable teoría de que su derrota mayor fue la censura. Cuando en una sociedad la verdad no se puede decir algo muy malo tiene que estar pasando.
Y la censura era hija del miedo. El miedo de la jerarquía comunista a que la democracia popular que decían haber construido se hiciera de veras democracia y de veras popular.
¿Una república de obreros donde los obreros no podían protestar?
¿Un país antifascista donde la Stasi era una Gestapo leninista?
¿Una democracia popular donde las huelgas eran consideradas traición a la patria?
Recuerdo que en la cancillería alemana pregunté si se había dejado de pensar en la por entonces remotísima, inimaginable reunificación alemana.
-Los alemanes jamás dejaremos de pensar que la reunificación es nuestro destino –fue la respuesta.
Dieciocho años más tarde de pronunciadas aquellas palabras, el muro cayó.
Y la RDA murió en olor de multitud. Multitud que no lloraba sino que festejaba. La madrastra con cara de Stalin se había ido de este mundo sin tiros ni masacres.
Pero ahora que todos celebran los 20 años de la caída del muro de Berlín habría que recordar que si hubo RDA y muro y Pacto de Varsovia fue porque Hitler, apoyado por todos los empresarios alemanes y buena parte de los de “Occidente”, quiso destruir el mundo que quedó después del Tratado de Versalles –paz idiota impuesta tras una guerra también avalada por las derechas mundiales-.
Y también habría que recordar que si el socialismo degenerado cayó sin balas ni lamentos, eso no quiere decir que el mundo haya mejorado para las vastas repúblicas del hambre y la exclusión en África, Asia y América Latina.
El mundo no es más justo después de la caída del muro. Una Europa acrecentada y federativa no es algo que concierna a los pobres del planeta. Es algo que blinda, aún más, el egoísmo europeo.
Celebremos la caída del muro de Berlín. Pero no pretendamos decir que la historia ha terminado y que las grandes cuestiones de la economía, la energía, el calentamiento global y la brutal asimetría del comercio mundial ya están en vías de solución.
Recordemos también que hay muros como el de Cisjordania, que está pensado para tener no los 45 kilómetros que tuvo el de Berlín sino los 721 kilómetros de su diseño original.
Un muro levantado para separar a los palestinos de su propia tierra y para consolidar, desde el hormigón armado, las urbanizaciones ilegales del estado de Israel en tierras de conquista.
La hipocresía mayor de los últimos años es ver a la derecha europea denostando los muros de la vergüenza y avalando la política criminal de los Estados Unidos en el medio oriente.
Porque habrá caído el muro de Berlín pero los pobres del mundo siguen estando contra la pared.

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