sábado, 12 de diciembre de 2009

Negociando con el fuerte de la región

Autor: Santiago Pedraglio
Columnista del Diario Perú 21


La breve visita del presidente Luis Inácio Lula da Silva al Perú es un nuevo envión para consolidar la llamada alianza estratégica entre el Perú y la potencia sudamericana.

El presidente Lula es un gobernante socialdemócrata, de izquierda, con cerca de 80% de aprobación en su país, admirado por mandatarios de todo el mundo.
Brasil tiene un mercado propio, una poderosa burguesía con sectores en proceso de transnacionalizarse, un proyecto global, una propuesta de hegemonía regional, zonas de gran desarrollo industrial y tecnológico y, a pesar de las desigualdades, una población muy nacionalista. Un alto porcentaje de su élite política y empresarial está involucrado en el empeño de convertirse en una potencia mundial. Brasil ha desechado, por ejemplo, el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y juega su propio partido como potencia emergente. Está claro, como lo demostró la destitución del presidente Manuel Zelaya en Honduras, que ha ganado autonomía en relación con el país del norte.

Como dijo ayer Lula, Brasil reivindica la relación Sur-Sur, así como las conexiones entre países latinoamericanos y con un continente cercano para ellos: África. El objetivo estratégico regional de Brasil se transparentó también cuando su presidente le llamó la atención a Alan García al afirmar que este tiene un “defecto grave”: no participar en las reuniones de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) que, a diferencia de la OEA, no incluye a Estados Unidos.

En este contexto, el Perú debe saber negociar con Brasil. No se trata de ser complacientes porque su presidente sea socialdemócrata y exitoso. Hay que exigirle que su política exterior la lleve adelante el Estado y no las empresas transnacionales que, por más importantes que sean, solo buscan el lucro y no la equidad entre países aliados, aunque de distinto desarrollo económico. De ser así, se trataría de una especie de 'ninguneo’. Por eso, la alianza energética con Brasil tiene que definirse con claridad; por ejemplo, cómo se evitarán los efectos (sobre el ambiente y las poblaciones) de la construcción de las cinco o seis hidroeléctricas en la frontera o cuánto pagará Brasil por la energía que se produzca en el Perú. Nada de esto está claro; solo lo está que Brasil va a invertir.

Más allá de Michael Porter –o junto con él–, se dice, se repite, se corea: además de políticas macroeconómicas, el Perú necesita una estrategia económica, infraestructura social e instituciones políticas. En esto es urgente avanzar. El Estado brasileño construido al mando de Fernando Henrique Cardoso y de Lula es regulador y promotor. Está en las antípodas de la estrategia “contra el perro del hortelano” del presidente Alan García, que solo se preocupa de allanar el camino a las grandes inversiones extranjeras.

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