jueves, 21 de enero de 2010

ENSEÑANZAS DE LA DEMOCRACIA CHILENA

Autor: Víctor Andrés Ponce
Columnista del Diario Perú 21


El triunfo de Sebastián Piñera sobre Eduardo Frei no solo ratifica que la esencia de la democracia es la alternancia y la pluralidad del poder sino, sobre todo que, en la democracia como en las obras de arte, la forma es el fondo. ¡La cantidad de gestos y cortesía democráticos nos hace palidecer de envidia! El protocolo de los políticos chilenos nos recuerda que los peruanos todavía peleamos contra el subdesarrollo. Es verdad que hemos recuperado el motor del crecimiento y que nuestros resultados económicos sorprenden al planeta, pero también es cierto que nuestro sistema político es el reino de los caudillos tropicales y la amenaza permanente de la aventura.

En la política chilena existe la supremacía de lo colectivo sobre el líder carismático que habla con los dioses. Eduardo Frei reconoció su derrota flanqueado por los expresidentes Patricio Aylwin y Ricardo Lagos, quienes bajaron de sus olimpos para alentar a la Concertación ante tan devastador resultado. En nuestro país, los jefes de estado abandonan la Casa de Pizarro en medio de persecuciones políticas y, en vez de subir a las alturas, los arrojan a los infiernos. De allí que los ex presidentes gusten del autoexilio para, luego, volver a tentar la máxima magistratura.

La arenga de Lagos convocando a las nuevas generaciones a asumir la conducción de la Concertación del mañana también nos hizo notar que, desde, por lo menos treinta años atrás, los rostros de los políticos peruanos siguen siendo los mismos, aunque con las arrugas y canas correspondientes. En el Perú, cualquier intento de recambio generacional es aplastado sobre la marcha.

El diálogo entre la presidente Bachelet y el mandatario electo nos recuerda que las heridas abiertas por la dictadura pinochetista han cicatrizado resolviendo el presente y organizando el futuro. Aquí, por el contrario, todavía nos desangramos tratando de escribir la “historia oficial” de los últimos veinte años. Nos domina esa idea colonial y religiosa que establecía una sola historia verdadera. El pasado nos domina y nos polariza.

La derrota de Alan García es el fin del Apra, el fracaso de Alejandro Toledo es la extinción de Perú Posible, el traspiés de Luis Castañeda borra de un plumazo a Solidaridad Nacional y cualquier error de Ollanta Humala deja sin juego a quienes se suben desesperados a su guerrera verde olivo.

En economía, el Perú está lejos de Venezuela y de los proyectos bolivarianos, pero, en cuanto a la actividad pública, está demasiado cerca, tan cerca que cualquiera se pregunta si nuestra persistencia con la democracia y el mercado está asegurada. Las encuestas señalan que, no obstante el milagro económico, hay espacio para la aventura, para un outsider que puede venir de la derecha o de la izquierda.

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