martes, 12 de enero de 2010

Destrucción, Destrucción

Por: Enrique Plasencia

Desde hace varios días, los medios de prensa están prensando a algunos jóvenes estudiantes de la ciudad de Lima que “atentaron” contra Chan Chan. Hasta el presidente de la república ha pedido sanciones ejemplares. El público, por supuesto, se ha lanzado a una espectacular persecución virtual de los susodichos y no ahorran adjetivos a la hora de calificarlos.
Hasta donde sé, en el mes de noviembre un grupo de estudiantes visitaron la Huaca de Dragón o Huaca Arco Iris, en el distrito de La Esperanza. Una vez allí, el grupo de mozalbetes la emprendió contra el monumento y lo semi destruyó. Al menos eso dicen quienes claman por que “caiga todo el peso de la ley” sobre los ocasionales delincuentes.
De hecho, si hubo una acción así, hay que actuar. No creo que un centro correccional sea el mejor castigo.
Cuando fui colegial, fuimos muchas veces de paseo a lo que hoy es la Huaca de La Luna. No exagero cuando digo que éramos más de mil adolescentes que, religiosamente, todos los 23 de setiembre, arribábamos al lugar para buscar ciertos tesoros que se suponía podíamos encontrar. Nuestros profesores no soportaban el largo camino que hay entre La Esperanza y Moche y, después de la ardua caminata, caían rendidos en el Sector Santa Rosa, mientras nosotros dábamos rienda suelta a nuestra energía desbordada. Así que, supongo, los daños que causamos no fueron de nuestra entera responsabilidad.
Y traigo esto a colación porque no puedo imaginar cómo daños “tan grandes” sólo sean conocidos después que los propios estudiantes colgaron un video en Youtube. Osea, ¿Dónde estuvieron los profesores de los estudiantes? ¿Y el personal que trabaja en la huaca? Realmente, no me lo explico. ¿O es que los daños fueron considerablemente menores de lo que se ha dicho?
Soy testigo de excepción de varios atentados contra el patrimonio arqueológico y nunca como hoy se ha llegado tan lejos. Hace algunos años, el Intihuantana sufrió daños irreversibles cuando los pusieron como escenario para la filmación de publicidad cervecera. Nadie insultó a los responsables. Nadie pasó de algunos reclamos. Hoy, los insultos y amenazas a los alumnos limeños suman miles. Y desde el palco estatal se ha iniciado una verdadera campaña de demolición. ¿Realmente hay que enfrentar el valor de un monumento contra cuatro vidas que, en este momento, deben estar en un hilo? ¿Es ese el fin de la educación?
A unos cuantos kilómetros de Trujillo se ubica la Quebrada Santo Domingo. Este lugar existió mucho antes que existiera Chan Chan. Allí, nuestros antepasados se iniciaron en el trabajo de la piedra, construyeron algunos monumentos, desarrollaron un sistema de vida. Pruebas son los restos de talleres líticos, geoglifos, estructuras arquitectónicas, etc. Eso sin considerar restos más recientes como Cerro Arena y Cerro Oreja.
Esos restos tan importantes como cualquier otro en nuestro país han sido casi arrasados en beneficio del “gran desarrollo económico” generado por Chavimochic. ¿Alguien recuerda si los medios se alzaron protestando por la destrucción? Y hoy mismo, basta darse una vuelta por esos lugares para encontrarse, a plena luz del día, con huaqueros que siguen destruyendo lo poco que queda de nuestros antepasados.
Esto, más que un pretexto para desenfundar nuestra rabia escondida, debería ser la justificación para repensar el papel que nos toca cumplir en la revaloración de nuestro patrimonio. Y antes que levantar el dedo acusador deberíamos preguntarnos si cada uno de nosotros está cuidando realmente lo que nos legaron los seres a los que hoy, equivocadamente, utilizamos para culpar a otros de la desgracia en la que se ha sumido la educación peruana.
Yo creo que el esfuerzo valdría la pena.

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