miércoles, 3 de febrero de 2010

Defensa Civil

Por Antonio Zapata
Columnista del diario La República


Los grandes huaicos del Cusco han causado millones en pérdidas materiales y significarán un serio traspié para la agricultura, el turismo y el conjunto de la economía regional. Asimismo, ha sorprendido la incapacidad del Estado, en todos sus niveles, para aliviar a quien sufre un desastre, mal llamado natural. Los turistas se han quejado, no del peligro, sino de autoridades inútiles, que en Aguas Calientes no atinaron a nada durante la emergencia.
El problema de fondo es el pobre desempeño de la institución estatal encargada de atender los desastres. Se trata del sistema de defensa civil y su organismo ejecutor, el INDECI. En principio es un sistema nacional que debería involucrar al conjunto del Estado y a la sociedad organizada. Fue creado en época del general Juan Velasco Alvarado, a raíz del terremoto de Huaraz en 1970. Desde entonces, a pesar de los esfuerzos de su personal, nunca ha funcionado en forma satisfactoria.
La legislación que norma la defensa civil es anticuada. En primer lugar, su jefe tiene que ser un general o almirante en retiro. Resulta que pocas veces son especialistas en la problemática. La mayor parte de su historia, INDECI ha sido conducida por quienes saben menos que los técnicos de la misma entidad. Además, en la sociedad existen ONG y empresas especializadas que conforman un campo del conocimiento bastante competente. Pero el jefe del sistema no sale de estos especialistas, sino del inexperto grupo de oficiales generales retirados, que además duran poco: apenas comienzan a entender son cambiados.
A continuación, el INDECI no ha construido correas de transmisión. Su relación con el resto del aparato del Estado es tenue. Nadie le hace mucho caso, su presupuesto es bajo y carece de perfil, incluso en las crisis; por ejemplo, ahora en Cusco a su jefe no lo dejaban subir al helicóptero. Si esto es delicado, peor es su falta de relación con la sociedad local.
De acuerdo a sus normas, la defensa civil se organiza a partir de las municipalidades y gobiernos regionales, donde en cada instancia, el responsable es la vez jefe local del sistema. Este esquema es interesante, pero vale sólo en teoría, puesto que en la práctica nunca ha funcionado y su inoperancia constituye la madre del cordero.
En cada desastre natural, los alcaldes aparecen por TV clamando para que defensa civil llegue a su localidad. No asumen que ellos son la cabeza local del sistema, porque no tienen vocación política para ello. Esperan que los socorran desde Lima. Así, se registra un divorcio entre las autoridades locales y la ayuda estatal. Ese divorcio se traduce en una gran desorganización, que podría ser evitada si la oficina local de INDECI actuara como bisagra.
Pero, la bisagra está mal elegida. INDECI se apoya sobre alcaldes sin capacidad para socorrer. Por el contrario, podría funcionar a través de un voluntariado. Igual que los bomberos, quienes tienen fama de ser la institución peruana mejor organizada y con mayor credibilidad ciudadana. Entre los bomberos todos son voluntarios y tienen exigencias bien estrictas. Así, a la hora de la verdad son efectivos.
Por ello, el trabajo local de INDECI debería abandonar el utópico esquema que reposa en los alcaldes y organizarse a partir de un voluntariado. En ese caso, la oficina central de Lima los entrenaría, dotaría de un almacén de seguridad y con certeza responderían en cada ocasión, asumiendo el liderazgo del esfuerzo estatal de rescate a las víctimas. No sigamos dando ejemplo de desorganización ni pensemos en “militarizar” el servicio, en el Perú tenemos muchas fuerzas para socorrer al necesitado. Se requiere confiar en la sociedad y reformar las instituciones.

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