miércoles, 10 de marzo de 2010

Corazón de oro

Por: César Hildebrandt
Columnista del diario La Primera


Caricatura: Carlincaturas diario la República

El APRA ha tenido su primer éxito como partido rescatado del zulo en el que lo tenía, maniatado, el doctor Alan García.
El lunes por la noche, en el programa de Jaime de Althaus, el flamante secretario general aprista Jorge del Castillo dijo, para sorpresa de muchos, que él no estaba de acuerdo con el indulto concedido a José Enrique Crousillat y que le parecía que “el presidente García había sido sorprendido”. Eso fue a las 9 y 52 de la noche.
Ayer por la mañana, en la cabina de RPP, Augusto Álvarez Rodrich le preguntó sobre el mismo tema a Omar Quezada, el secretario general alterno del aprismo. Quezada se demoró apenas un par de segundos en decir que él tampoco estaba de acuerdo con la gracia concedida a José Enrique Crousillat.
¡Vaya! ¡El APRA renacía y se atrevía a desafiar, con buenas maneras, al mismísimo Alan García!
García entendió el mensaje y sacó la tabla donde está acostumbrado a surfear la ola del momento.
Y surfeó. Cinco horas después de lo dicho por Quezada, dieciséis horas después de lo expresado por Del Castillo, García salió ante la prensa a decir que, en efecto, se sentía “un poco burlado” por lo del indulto, que él había querido ser generoso “con una persona de 77 años que parecía estar muy mal de salud” y que ahora, a la luz de las exhibiciones de Crousillat en las playas de Asia y en el restaurante “Costanera 700”, pediría que se revisara el expediente médico y solicitaría que el indultado en cuestión se someta a nuevos exámenes médicos en el Instituto del Corazón o en el Seguro Social.
Lo que por vergüenza no dijo García es que los exámenes médicos que acompañaron el expediente del indulto eran de parte y procedían de unos médicos secuaces de Crousillat.
Y lo que no recordó García, también por vergüenza, es que los médicos del INPE se opusieron hasta el último momento al indulto porque ellos sí habían examinado a Crousillat y se habían dado cuenta de la magnitud de la farsa y del origen forajido de aquellos certificados que lo describían como a un anciano agonizante.
De modo que García concedió ese indulto a pesar de la opinión de los médicos del INPE y de los consejos decentes de algunos apristas. Como se sabe, la indecencia es hembra irresistible para algunos políticos de altas cualidades.
Lo que probablemente no imaginó García es que Crousillat iba a ser tan bruto como para exhibirse como un Charles Atlas en “Eisha” y como un comensal voraz, con cara de Carlitos Dogny, en “Costanera 700”.
Y lo que tampoco pudo prever García era que Crousillat activaría tan pronto, tras su bronceada exhibición playera, la maquinaria que el doctor Jorge Castro Castro, su abogado y kamikaze adjunto, había armado pieza por pieza y pagaré por pagaré para obtener, como final feliz de una telenovela de Televisa, el retorno de la familia, con Lúcar a la cabeza, a América Televisión.
Eso ya era demasiado. Era no sólo meterse con grupos de opinión poderosos sino intentar una devolución fraudulenta echando mano a audios editados, a retazos de verdad mezclados con yardas de mentiras y a personajes temblorosamente ambiguos como Eugenio Bertini (capaz de desdecirse en un par de segundos sin darse cuenta siquiera de su inconsistencia).
Llamar desheredado a José Enrique Crousillat es un chiste. E insinuar de que fue víctima del gobierno de Toledo es algo que sólo a los sirvientes de Belmont, en el 11, y a Beto Ortiz, en el 2, se les puede ocurrir.
Y decir, como el lamentablemente defenestrado Ortiz llegó a decir, que “el director de El Comercio también trabajó para Crousillat” –confundiendo a propósito a Paco Miró Quesada con el director de la página web de “El Comercio”- era algo excesivo aun para los estándares laxos de “Enemigos íntimos”.
De modo que desautorizado por los secretarios generales del APRA, sorprendido en la incómoda compañía de Beto Ortiz y Canal 11, señalado como el liberador de Crousillat, García no tuvo más remedio que tragarse un sapo jurásico y digno de Spielberg, deglutirlo a duras penas ante la prensa y salir en reversa hasta los confines de palacio de gobierno a lamerse las heridas y a rabiar como un loco (y al llegar a palacio, enterarse, para remate, de que a su archienemigo Jorge del Castillo la fiscalía lo había liberado, ayer mismo, de cualquier responsabilidad penal en el caso de los petroaudios).
Es cierto que Toledo estuvo interesado en el destino de Canal 4. Y es probable que en ese interés se asomara lo personal y lo subalterno.
Pero nadie duda de que la operación “compra de América Televisión” reunió todos los requisitos formales de ley y que fue producto de una durísima negociación encabezada por Gustavo Mohme Seminario.
Es cierto que Mohme compró en siete millones y medio de dólares una deuda que ascendía a 18 y que, al final, con intereses, llegó a 22 millones de dólares. También es cierto que puso una cuota inicial de un millón y medio y que ha venido amortizando los otros seis millones de dólares a lo largo de estos últimos años.
Pero eso no invalida la operación ni mucho menos. Eso, en la peor de las hipótesis, le da al arreglo final una pincelada pintoresca de sentido de la oportunidad y demuestra lo difícil que fue para Mohme, navegando en un mar de tiburones “fraternos”, llegar a hacerse con el 31 por ciento de las acciones de Canal 4, habiendo estado a un tris de comprar el 100 por ciento de haber aceptado la colaboración de un poderoso socio extranjero.
En todo caso, quien menos puede cuestionar el salvataje financiero de América Televisión es José Enrique Crousillat, el hombre que se vendió en el SIN, que hizo de Laura Bozzo la garganta profunda del Fujimorismo y de la televisión peruana un ejemplo de lo inmundo.
Para obtener el indulto tramposo que el tramposo García le concedió, José Enrique Crousillat acudió a un alto directivo de Canal 7 y a una señora con mucha posibilidad de influencia en palacio. A ellos les encargó que mostraran los certificados de su “cardiopatía terminal” y que hicieran paciente antesala ante el despacho de Luis Nava.
Ayer, y por razones que no pasan por las de un cardiólogo, el señor Crousillat, el enfermo imaginario, ha cavado, políticamente hablando, su tumba. Mejor dicho, ha reincidido en enterrarse.

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