miércoles, 31 de marzo de 2010

LA SEGURIDAD CIUDADANA NO ES UNA UTOPÍA

Autor: Guillermo Giacosa
Fuente: Diario Perú 21

No sé si la pregunta adecuada es si puede ser viable una sociedad menos violenta o si es viable la sociedad con el actual grado de violencia.
¿Nuestra conducta corresponde, como opina Desmond Morris, a la de un animal encerrado en un zoológico? ¿O, indefectiblemente, más allá del tipo de sociedad que estructuremos y del tipo de valores que cultivemos, estamos condenados a ser el depredador potencial de nuestros semejantes?
¿Las grandes ciudades y el hacinamiento generan violencia, o la misma se origina en las expectativas frustradas, o bien estamos fatalmente determinados por nuestra herencia biológica? Creo que las respuestas son varias y, en ciertos casos, contradictorias.

Las neurociencias afirman que nuestro cerebro está diseñado para la empatía. Es decir, para ponerse en el lugar del prójimo, comprenderlo y hasta crear vínculos afectivos y de cooperación con él. De otro modo, indica la lógica, no hubiésemos sobrevivido como especie.

La filosofía budista coincide con este punto de vista y las religiones exaltan el amor al prójimo, pero no siempre universalizan a este prójimo y a veces hacen que diferencias por mitos insustanciales se conviertan en diferencias sustanciales.

En todo caso, la violencia que genera inseguridad es una constante de la sociedad moderna de la que el Perú no es una excepción. El gran reto es canalizar creativamente las energías potencialmente destructivas y difundir las experiencias exitosas en este campo.

Para ello quisiera recomendar el libro Quién la hace en seguridad ciudadana, publicado por Ciudad Nuestra. Allí se recogen más de veinte experiencias exitosas en este campo y valiosos y emotivos testimonios directos de ex pandilleros y de personas que han estado ligadas, desde una u otra vereda, a la realidad –que significa una sociedad sin horizontes y, por lo tanto, con poco espacio para la esperanza–.

Una de las tantas experiencias concretas es el Módulo Especializado de Atención de Adolescentes en la comisaría de El Agustino. Dicho módulo permite separar físicamente a los detenidos adolescentes de los adultos. Ello garantiza que los jóvenes infractores sean atendidos solo por policías que han recibido una formación especializada y que permite una reclusión temporal en condiciones dignas.

Además, la intervención policial se realiza respetando las normas nacionales e internacionales que protegen a los adolescentes. De este modo, la posible experiencia traumática de la detención se transforma en una oportunidad para que el infractor, la comunidad y la propia víctima cambien su concepto respecto a la Policía.

Esta experiencia es única en el Perú y en América Latina, y es una de las tantas que se mencionan en el libro que recomiendo

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