miércoles, 14 de abril de 2010

CANTARES DE MUJER: Un día de aguacero en París…

Por: Isabel Barrantes Zurita
isarrobles@yahoo.es

Podrán no haber muchas escuelas de calidad, el presupuesto para educación seguirá siendo insignificante, así como el de promover los espacios culturales con adecuados y suficientes recursos, seguirán los sucesivos gobiernos dejando al aporte voluntario de hombres y mujeres que dedican su existir al arte y la cultura, pero los artistas de la ciudad y campo seguirán siendo germinados por padres y madres inolvidables, sabiendo amamantarlos con esa leche de suavidad blanca, dejando en su sangre la huella artística de los abuelos. Así, así llegamos al quince de abril de 1938. Está lloviendo y no es jueves precisamente. La sala humilde del hospital nos mira con sus ojos grandes y los brazos vacíos. Hemos dejado los llanques a la entrada de la puerta, doblado los ponchos, el sombrero en la mano. Las mujeres nos hemos vestido de polleras negras, de oques llicllas, el sombrero en la mano y el beso oscuro en las entrañas. Ruedan las lágrimas como ruedan los ensueños, los espejismos, las ambiciones. César Vallejo está naciendo otra vez al universo. Nosotros y nosotras hemos llegado desde el Perú, su Patria que lo dejó vagar en el olvido, que lo dejó partir en un barco sin retorno y lo dejó morir allá en Paris. Su alma se pasea por los Campos Elíseos, recogiendo hojas de eucalipto que le recuerdan a Miguel, a su madre, a la muerte de su padre, a la Rita de junco y capulí, a sus travesuras por los valles de Santiago de Chuco. Lo hemos venido a ver desde este tiempo donde es posible llegar a París tan fácilmente, en un tris trás de energía. Hemos venido a recibir la herencia de su universalidad poética, nos ha convidado un pan fresco para compartirlo en una mesa grande para desayunar todos. Nos dejó como herencia desde miles de años antes que naciera, la posibilidad de escribir en verso y de corrido. Escribimos por tantas razones, como tantas hay para explicar el aliento, la memoria. César Abraham Vallejo Mendoza, aquí estamos encendiéndonos en tu nombre, compartiendo estos panes en esta mesa; sigue sin alcanzar el desayuno para todos, pero aquí estamos escribiendo bien y mal. Unos trascienden como vos al universo, otros se quedan a medio andar y otros los más, nos quedamos bien abajo, pero son cada vez más los que escriben en prosa y en verso. Como escribían antes nuestros bisabuelos con las cabuyas de la penca, con los tintes de las piedras en las paredes de las cuevas, con las illahuas de la urdimbre, con los hilos del algodón, con la textura de la tierra. Cincelando el metal, abriendo el surco. Echando la semilla. Después de muchos encuentros y desencuentros, los abuelos nos enseñaron a escribir, como hicieron contigo César Abraham, nos enseñaron a escribir y desde entonces son miles, de miles los que escriben haciendo poesías, entreverando, cincelando el sentir con el pensar y como todo en el vida, unos cuántos escriben con genialidad, el montón escribimos para el gasto de nuestros sentimientos, igual que hay talentos en la construcción de casas, en los inventos, pintores grandiosos, músicos, escultores, alfareros, tejedores, biólogos, antropólogos. La mayoría no alcanzamos la gloria de la trascendencia, pero, nos quedamos casi contentos de poder describir nuestras emociones. Son las emociones las que mueven al mundo. Unos pondrán bloques eternos con sus obras y los otros pondremos el grano de arena que hace falta para armar nuestra cultura, para darnos forma con lo que hacemos. Esto hemos hecho durante tantos, tantos siglos y seguiremos haciéndolo aunque no haya presupuestos, recursos, ni facilidades. Y cuando los críticos famosos nos digan, “mejor dedícate a otra cosa”, sigamos en la brega de la poesía, no para satisfacción, admiración de los otros, sino por el derecho de libertad a expresarnos como queramos, porque es alimento, fermento para dar vida a nuestras expresiones culturales y me parece, que no sólo los geniales tienen ese derecho. Eso sí en la medida de nuestros deberes ciudadanos y posibilidades, debemos soñar siquiera, trabajar arduamente para ser singulares. Los creadores, en la gama de sus expresiones, en la dimensión de sus obras, salen de las entrañas de la tierra, paridos con el dolor de su sangre y la alegría risueña de su boca. Este quince de abril, ha de resucitar otra vez nuestro Vallejo para meternos a todas y todos juntos, en el hornito asombroso de su corazón.

0 comentarios: