miércoles, 27 de octubre de 2010

¿BORRÓN Y CUENTA NUEVA?

Por: Bartolomé Ríos
Responsable Nacional, AVINA Perú


Desde hace décadas, Perú muestra claras dificultades de representación política, caracterizada tanto por lo que se conoce como la crisis de la clase político-partidaria como por una relativamente baja renovación de liderazgos políticos. En 1989, Ricardo Belmont fue elegido como el primer outsider en las elecciones a la alcaldía de Lima Metropolitana, al no pertenecer a un partido político establecido. Desde entonces, Alberto Fujimori, Alejandro Toledo y Ollanta Humala son reconocidos entre los principales outsiders de la política peruana de los noventa y la década que termina. Asimismo, en las últimas cinco décadas, los peruanos hemos elegido Presidente de la República dos veces a Fernando Belaúnde, dos a Alan García y tres a Alberto Fujimori. Es más, en el 2011 Alejandro Toledo podría lograr su segunda elección. Esta situación se complementa con reelecciones diversas de alcaldes provinciales y presidentes regionales.

El caudillismo ha estado presente en la historia republicana, en el siglo XIX así como en la sucesión de dictaduras militares o civiles y regímenes democráticos con mayoría en el Congreso del siglo XX. Podría decirse que este caudillismo es inherente a la cultura política peruana y también podría plantearse que al elector peruano le gusta elegir caudillos, en vez de optar por propuestas estructuradas provenientes de un sistema partidario maduro. Así, en un contexto en el que pocos partidos o movimientos políticos están consolidados, se hace difícil alcanzar mejoras en términos de representación política y de democracia participativa.

Por otro lado, esta problemática cobra mayor dimensión cuando se analiza el rol que cumplen la sociedad civil y los movimientos ciudadanos en el país. Si bien es cierto existen experiencias de vigilancia y plataformas que constituyen fuentes rigurosas de propuestas de políticas y programas públicos, no son representativas de un sistema consolidado de pesos y contrapesos, sino más bien se trata de experiencias hasta cierto punto aisladas, por lo que no es posible afirmar que en Perú se aprecia una cultura de participación ciudadana arraigada.

Por cierto, son destacables algunos avances registrados en el pasado reciente. Se ha alcanzado un nivel aceptable de transparencia electoral; se mejoró parcialmente la ley de partidos políticos; el proceso de descentralización ha sido fuente de algunas propuestas políticas mejor sintonizadas con la ciudadanía por la mayor proximidad territorial con el elector; se ha llevado a cabo diversas experiencias de diálogo, como los presupuestos participativos, los consejos regionales de competitividad o los planes educativos regionales y locales. Grupos ciudadanos organizados, por su parte, operan en algunas regiones del país. Enfocados por ejemplo en el monitoreo de la inversión pública, en la evaluación de propuestas y cumplimiento de promesas electorales o en el diagnóstico de temas críticos a ciudades. En ocasiones concretas, además, se aprecia menor tolerancia de la población respecto de iniciativas gubernamentales. En más de un caso alguna autoridad se ha visto precisada a retroceder en intenciones legislativas dada una reacción poco receptiva de la ciudadanía.

No obstante estos u otros avances puntuales, se reconoce la problemática de representación política y participación ciudadana descrita párrafos arriba, lo que por ejemplo se hace evidente a partir de la calidad del debate de políticas y programas públicos de la campaña hacia las elecciones regionales y municipales de octubre del 2010. En este contexto, surgen diversas inquietudes. Entre otras, tres:
- ¿Cuáles son las perspectivas de desarrollo sostenible del país si no mejora sustancial y permanentemente esta situación?
- ¿Cómo promover decisiones de autoridades gubernamentales sobre necesidades u oportunidades críticas que no representen rédito político de corto plazo?
- ¿Cómo promover dinámicas de participación ciudadana que constituyan un contrapeso sistemático saludable y maduro a las autoridades políticas?

En los últimos años, en América Latina ha surgido un interesante movimiento que tiene presencia en alrededor de 50 ciudades de nueve países. Se inspira en las experiencias conocidas como Plan Bogotá 2000 y Bogotá Cómo Vamos, que han contribuido decididamente a la mejora en la calidad de vida de dicha ciudad. A partir de una construcción ciudadana de amplia representación social y sectorial que propuso un nuevo imaginario para la transformación de la ciudad, así como la medición de indicadores cuantitativos y de percepción ciudadana respecto a los temas considerados críticos para Bogotá, se logró una interlocución entre ciudadanía y autoridades políticas muy positiva. Esta experiencia se expandió primero a otras ciudades colombianas y posteriormente a otros países de la región. Como parte de esta corriente, en la actualidad tres movimientos peruanos ya se han organizado y han iniciado actividades. Se trata de Arequipa Te Queremos, Lima Cómo Vamos y Trujillo ¡Ahora! Como se sabe, éste último logró la adhesión de los diez candidatos a la Municipalidad Provincial de Trujillo de un pacto político para participar de un ejercicio de diálogo constructivo con la ciudadanía.

Las propuestas de iniciativas como Nuestra Sao Paulo (Brasil), Los Ríos Cómo Vamos (Chile), Nuestra Mendoza (Argentina) y otras han logrado una adecuada receptividad de las autoridades locales, lo que permite encaminar cambios hacia mejoras concretas en la calidad de vida de dichas ciudades de una manera más sostenible y legítima. La experiencia concreta de Bogotá ha producido numerosos logros, entre los que se destaca un cambio en la dinámica de representación política por medio de una participación activa de la ciudadanía. Así, no solamente se debate sobre la base de una argumentación rigurosa los temas considerados críticos en cada ciudad, sino que se contribuye también a una continuidad político-programática de un gobierno al siguiente, incluso si cambia el partido político gobernante.

En la medida en que en el Perú las autoridades electas están próximas a iniciar un nuevo ciclo en enero del 2011, resulta relevante enfatizar la contribución potencial de estos movimientos. Ya son tres las experiencias peruanas en curso. Hay dos más en perspectiva por el momento. Esperemos que estas iniciativas se repliquen y contribuyan a mejorar las dinámicas de democracia participativa en las ciudades y regiones peruanas y que, desde los espacios subnacionales, se contribuya a mayores grados de institucionalidad de la democracia peruana.

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