jueves, 7 de abril de 2011

LAS EXIGENCIAS CIUDADANAS AL NUEVO CONGRESO

Fuente: Diario El Comercio

El 10 de abril elegiremos no solo al presidente de la República (o las mejores opciones que disputarán la segunda vuelta) sino también a la representación congresal encargada de debatir leyes y fiscalizar. Ello debe llevarnos a una profunda reflexión sobre el desempeño de los recientes parlamentos y del que entrará en funciones el próximo 28 de julio, obligado a concertar en medio de una preocupante dispersión de grupos.
¿Podemos aún cambiar esta composición y correlación de fuerzas? ¿O tendremos que soportar por cinco años más los excesos de personajes que desvirtúan totalmente la función parlamentaria? Está en nuestras manos decidir, pero también los líderes de los movimientos y partidos deben asumir su responsabilidad de saldar la deuda del Parlamento con la ciudadanía.
Preciso es recordar que, tras la caída del régimen autocrático que destruyó la institucionalidad democrática y sumió al país en una grave crisis económica, política y moral en la década de los 90, los peruanos iniciamos un arduo camino para reconstruir el sistema democrático, que ha significado enormes sacrificios.
Y hemos avanzado mucho. Pero, es evidente que aún nos queda mucho por hacer, en lo cual tienen enorme responsabilidad los partidos y, en particular, el Congreso, que no ha podido estar a la altura de su trascendental responsabilidad. Así lo evidencian sus altos niveles de desprestigio y falta de credibilidad, algo sumamente peligroso para la gobernabilidad democrática.
En los últimos años hemos sido testigos de numerosos escándalos de parlamentarios que han deshonrado este poder del Estado. No hablamos solo de las trifulcas violentistas de las representantes cocaleras en el hemiciclo y de los “comepollo”, “robaluz” o “Lavapiés” sino, lo que es más grave, de los tránsfugas que cambian inescrupulosamente de partido –el actual Congreso comenzó con cinco bancadas y termina con nueve– y de las nefastas componendas bajo la mesa para convertir la inmunidad en impunidad a cambio de apoyo a aviesas iniciativas, mientras se postergan leyes trascendentales. Es la cultura del otoronguismo por la que los congresistas se olvidan de sus electores y se convierten en intocables, arbitrarios e inaccesibles.
Eso es lo que tenemos que cambiar, lo que pasa por un compromiso antelado de los líderes de las agrupaciones en contienda no solo para lograr consensos que aseguren la estabilidad política y el modelo de economía social de mercado, sino también, en lo relativo al propio Poder Legislativo, para aprobar, apenas juramentados, proyectos de ley que eliminen y sancionen drásticamente el transfuguismo, incluso con la vacancia; anulen o limiten la inmunidad parlamentaria a lo estrictamente necesario; garanticen que no se permitirán nuevas bancadas y menos de tránsfugas; aprueben la renovación por mitades del Parlamento; y debatan seriamente la revocatoria congresal.
Se trata de una agenda mínima, que debe ser ratificada antes de la votación, para dar una señal de compromiso democrático, autocrítica y propósito de enmienda de una institución fundamental que aún tiene un largo trecho por recorrer para ponerse a la altura de las exigencias de una democracia moderna, eficiente y sometida permanentemente a la vigilancia ciudadana.

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