miércoles, 2 de noviembre de 2011

TEMBLORES REPUBLICANOS

Por: Antonio Zapata
Fuente: Diario La República


La tierra ha vuelto a temblar en Ica, provocando gran ansiedad entre su población, que recién viene de reponerse del terremoto del 2007. Este suceso confirma la elevada vulnerabilidad del Perú; junto a Chile, pertenecemos a la región sudamericana más propensa a terremotos y tsunamis. Pero si el país entero es frágil, la región Ica ocupa el primer lugar, sobre todo en los último años, cuando los temblores provocados por la falla de Nasca la han golpeado especialmente. Por ello, la respuesta ante los desastres es una responsabilidad de Estado a todo nivel: nacional, regional y municipal. Sin embargo, es un área crítica que acusa severas deficiencias.
Parece mentira, pero toda la etapa republicana ha estado plagada de irresponsabilidad en esta materia. Puesto que el período prehispánico e incluso el colonial evidencian mayor previsión. Los antiguos fueron maestros de la planificación. Las colcas del Inca estaban siempre llenas, anticipando desastres inesperados. Cuando entraron los españoles, se alimentaron durante meses del producto de las colcas de Jauja, viviendo holgadamente y a su regalado gusto, tanto que dio origen al mito del “país de Jauja”, que recorrió toda Europa refiriéndose a un mundo idílico de ocio y abundancia.
Por su parte, en tiempos virreinales también hubo responsabilidad estatal. Justo un 28 de octubre, 265 años atrás, se registró el mayor terremoto de la historia, que asoló Lima y destruyó completamente El Callao. Un libro muy bien articulado, escrito por el peruanista Charles Walker, relata la historia. Era un domingo en la noche cuando un terremoto derrumbó casas e iglesias de Lima, salvo un templo que había sido fabricado con quincha y adobe. Con ese sismo terminó para siempre la construcción con piedra y se reemplazó por los materiales prehispánicos más ligeros.
En Lima murieron mil personas, constituyendo un porcentaje significativo, una de cada 50. Pero, lo peor estaba por venir. Media hora después, un tsunami se llevó El Callao, engullendo a su población de unos 6.000 habitantes. Salvo unos 50 que treparon a la muralla exterior, el resto pereció ahogado.
El virrey José Antonio Manso de Velasco planteó un enérgico y muy racional plan de reconstrucción de la zona afectada. En parte lo llevó a cabo, pero sus iniciativas fueron enfrentadas por los poderes fácticos, que buscaron una remodelación a su medida. No obstante, hubo voluntad política y el Estado mantuvo su disposición para enfrentar la vulnerabilidad del territorio.
En comparación, la república parece un yermo. Poco se ha hecho y brilla la improvisación. Sin embargo, existe un grupo especializado bastante bien montado, que incluye científicos de nivel mundial y técnicos competentes. Pero las organizaciones estatales están muy descuidadas. Como es un gasto de emergencia, se ha prestado a la corrupción y todas las operaciones de socorro de los años 2000 han acabado envueltas en escándalos.

Por su parte, el organismo especializado, el INDECI, registra numerosos problemas. Normalmente su cuerpo directivo es de menor preparación que el personal medio, porque la norma obliga a que los jefes sean generales retirados, que pocas veces tienen alguna experiencia en desastres.
Además, los vínculos de la entidad con los otros sectores públicos están mal concebidos. Asimismo, su misión es parcial, porque asiste en emergencia, pero está ausente en reconstrucción. Por ello, carece de una jefatura adecuada, de una visión integral y de articulaciones que le permitan actuar con eficiencia.
Siendo el Presidente un militar en retiro ha de encontrar en los temblores iqueños una prueba compleja. Ante ella patinó su antecesor, ojalá Humala mejore la performance estatal.

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