miércoles, 14 de diciembre de 2011

QUÉ DIFÍCIL ES SER LULA

Por: Steven Levitsky
Fuente:
Diario La República

Contra los pronósticos de muchos analistas (que decían con “certeza” que un gobierno de Ollanta Humala sería chavista o velasquista), Humala optó por el modelo de Lula. Ese modelo, que combina la democracia y una economía abierta con una fuerte inversión en políticas redistributivas, ha tenido éxito en A. Latina, sobre todo en Brasil, Chile y Uruguay. ¿Podrá Humala reproducir el éxito de Lula? Lo dudo. Los gobiernos de centroizquierda en Brasil, Chile, Uruguay contaban con dos cosas que él no tiene: un Estado que funciona y un partido fuerte.
Gobernar bien requiere un Estado que funcione en todo el territorio. Un Estado fuerte hace varias cosas claves. Primero, facilita la implementación de las políticas sociales. En Brasil, donde 29 millones de personas salieron de la pobreza durante el gobierno de Lula, programas como Bolsa Familia serían imposibles sin una burocracia mínimamente capaz. Donde el Estado es débil, los programas sociales caen con más frecuencia en la ineficiencia, el clientelismo y la corrupción. Un Estado fuerte también ayuda a evitar los conflictos sociales. El alto número de conflictos sociales en el Perú se debe, en parte, a la incapacidad de las instituciones estatales. En muchas partes del país, sobre todo en el interior, las instituciones no canalizan las demandas básicas de los ciudadanos. El Estado central no llega. Los gobiernos locales y regionales carecen de capacidad administrativa. Nadie confía en el Poder Judicial. Cuando los ciudadanos perciben que no pueden defenderse a través de los canales institucionales, optan por la protesta.
Un Estado fuerte genera algo que es imprescindible para la gobernabilidad democrática: la confianza. En Brasil y Chile, donde el Estado tiene un mínimo de capacidad, una mayoría de los ciudadanos (según el Latinobarómetro) confía en el gobierno. En el Perú, donde el Estado es más débil, solo el 25% le tiene confianza.
Esta idea es clave. ¿Por qué hay gente con actitudes radicales en el interior? ¿Por qué optan por la protesta en vez del diálogo, aunque pongan en peligro la gobernabilidad y la inversión privada? Para Aldo Mariátegui, la gente del interior es envidiosa y estúpida (Correo, 30 de noviembre). Según Cecilia Valenzuela, “un grupo de extremistas financiados por el ALBA ha cambiado la mentalidad de los peruanos más pobres” (Perú 21, 3 de diciembre). Pero la protesta no surge de la estupidez o la manipulación chavista. Surge de la desconfianza. Muchos ciudadanos en el interior no confían en el gobierno porque durante décadas los gobiernos no cumplieron con ellos. No cumplían con sus promesas. Robaban o administraban mal los recursos. No los protegían de las empresas mineras. Un Estado débil genera una percepción de negligencia, corrupción e injusticia. Los que protestan en el interior son desconfiados. Si el Estado nunca funcionó, no debe sorprender que haya gente que desconfía del gobierno de turno (y es renuente a aceptarlo como mediador), que no cree en los Estudios de Impacto Ambiental y que opte por protesta –y no por los canales institucionales– para defender sus intereses. El gobierno de Humala heredó no solo un Estado débil sino también una sociedad altamente desconfiada –y en algunas partes, radicalizada– gracias a décadas de debilidad estatal. Gobernar en estas condiciones es un desafío enorme que Lula no tuvo que enfrentar.

Otro desafío que Lula no tuvo que enfrentar es gobernar sin partido. Un partido fuerte como el PT Brasileño, el Frente Amplio Uruguayo o el Partido Socialista Chileno aporta varias cosas importantes: una bancada legislativa experimentada y disciplinada, cuadros políticos que operan en todo el país, políticos y gobiernos locales que trabajan disciplinadamente a favor del gobierno nacional. Un mínimo de coherencia dentro del propio gobierno.
Los gobiernos sin partido, o cuyo partido es nada más que un vehículo personalista como el de Humala, enfrentan serios problemas de gobernabilidad. Un partido sin cuadros tiene que reclutar a sus congresistas de donde sea. La bancada legislativa termina siendo un grupo de novatos: gente sin experiencia, militancia o lealtad partidaria, y que muchas veces llega con objetivos muy individualistas. Casi inevitablemente, el resultado es más escandaloso, más conflictos internos y más transfuguismo.
Un partido sin cuadros no tiene gobiernos locales leales u operadores partidarios en las comunidades, que sirven como fuentes de información y puentes naturales para la resolución de conflictos. Y tiene más dificultad a la hora de formar un gobierno. Sin equipos técnicos, tiene que reclutar a los ministros y viceministros de donde sea, muchas veces en una manera improvisada. Y cuando no hay líderes partidarios de peso o mecanismos de consulta partidaria, crece la influencia de figuras no partidarias, como familiares, amigos del presidente y asesores en la sombra.
Los gobiernos sin partido sufren de varios males. Cometen más errores por falta de experiencia. Sus relaciones con el Congreso son más difíciles. Caen con más frecuencia en el escándalo, el conflicto interno, la parálisis y la ruptura. Y sin operadores partidarios en provincias tienen menos capacidad de respuesta ante los conflictos locales.
Con un Estado débil y (casi) sin partido, Humala enfrenta un camino mucho más difícil que el de Lula. Podría terminar pareciéndose no a Lula sino a Toledo y García: poco querido, sobre todo por la gente más pobre. Gobernar sin Estado o partido fuerte es, como bien escribe Rodrigo Barrenechea, como “tocar el cajón sin manos”. Sabiendo eso, Alan García optó por el camino más fácil: gobernar poco. Pero el Perú necesita gobierno.
Humala optó por el mejor camino. Ha demostrado una capacidad de aprendizaje político que no todos tienen. Y por ahora, el crecimiento económico y los recursos que genera le dan cierto espacio para gobernar bien. Lula tenía 25 años de experiencia en la política cuando llegó a la presidencia. Humala, con mucho menos experiencia, tendrá que aprender rápido.

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