martes, 27 de marzo de 2012

FORTALECER LOS PARTIDOS, ¿Y A LOS CIUDADANOS?

Por Carlos Reyna
Fuente:
Bajo La Lupa

En un artículo anterior sostuvimos que no es acertada la idea de que para fortalecer a la democracia haya primero que fortalecer a los partidos. Ya hubo intentos de fortalecerlos, por ejemplo con la ley que los rige. Pero no funcionaron para eso ni tampoco para vigorizar a la democracia.
Por tanto, cabría dejar de poner el énfasis en las vitaminas normativas a favor de los partidos y poner el acento en la promoción de una ciudadanía fuerte, pues esta es la base indispensable para una mejor democracia y unos mejores partidos.
¿Cómo hacerlo? En el plano institucional habría que mejorar la capacidad de presión de los ciudadanos sobre los partidos y el Congreso. Esto supone cambiar la manera de elegir a los congresistas.
Un Congreso que, como el actual, se elige cada cinco años y a través de grandes circunscripciones como las regiones, es un Congreso que diluye la capacidad de presión de los ciudadanos y se libera de su control tan pronto como los congresistas son elegidos.
En cambio, un Congreso elegible cada tres años, a lo más, en circunscripciones parecidas a las provincias, da a los ciudadanos mayor oportunidad de presión y, en todo caso, de cambio de sus representantes. Esa forma de elección obliga a una conexión más real y menos fugaz de los partidos con los electores.
Por otro lado, la participación en las elecciones al Congreso debe ser más accesible de lo que es ahora. Con el argumento de que el principal problema del Legislativo es el número de partidos, se han impuesto vallas excesivas que convertirán al Congreso en coto cerrado de pocos partidos. Un oligopolio partidario.
En verdad el gran problema del Congreso es su desconexión de la gente. Una manera de comenzar a resolverlo es abolir los cotos cerrados. Permitir que presenten candidatos las organizaciones políticas regionales. Abrir la participación a candidatos respaldados por corrientes ciudadanas no necesariamente partidarizadas.
Con estos cambios, el acceso al Congreso y la permanencia dentro de él estarían mucho más determinados por la lealtad de los candidatos y partidos a las corrientes de opinión ciudadana. Sería un marco mucho más exigente para los partidos actuales y los obligaría a renovarse o extinguirse.

Pero una ciudadanía fuerte no depende solo de cambios institucionales. Hay un cúmulo de derechos sociales, económicos y culturales que fueron recortados desde los años ochenta o que permanecen aún sin ser reconocidos. Acceder al trabajo, a la pequeña empresa, o al respeto a la identidad cultural, sigue siendo tan difícil e inestable, que muchos, para lograrlo, se abstienen de la participación política o de la asociación gremial.
Finalmente, una ciudadanía fuerte es también el producto de la voluntad y el coraje de los propios ciudadanos. Nada viene regalado. En el origen de los grandes partidos históricos siempre hubo gente que precisamente por la precariedad de sus derechos decidió agruparse para conquistarlos.

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