jueves, 29 de marzo de 2012

LOS FUGITIVOS

Fuente: Diario El Comercio

La Comisión de Constitución del Congreso está discutiendo un proyecto de ley para sancionar el cambio de partido por parte de congresistas y otros funcionarios públicos electos. Este proyecto, como todo lo relacionado con castigar al trasfuguismo, parece tener el apoyo mayoritario de la opinión pública, probablemente por el recuerdo de las grotescas imágenes de aquella sala del SIN donde Montesinos usó el dinero de todos los peruanos para comprar a nuestros representantes. Ha de ser por ese recuerdo que la palabra “tránsfuga”, que tiene en el diccionario una significación neutral (se trata, simplemente, del que cambia de partido o ideología), tiene entre nosotros una connotación negativa que implica una traición a los electores.
Existen justificaciones muy válidas para que un político decida cambiar de partido una vez en el poder. Por ejemplo, cuando no es el funcionario quien se corrompe sino el partido. Un congresista que decide abandonar una organización cuya cúpula es de pronto descubierta como corrupta, si algo, le está haciendo un favor a la democracia con su cambio.
También podría suceder que el que cambie sea el partido y no el funcionario que lo deja. Hubo, por ejemplo, congresistas que renunciaron al partido de Fujimori cuando este dio el golpe y luego varios otros que lo dejaron debido a los subsecuentes atropellos contra la democracia. Y, sin ir más lejos, Gana Perú, un incoherente propulsor de este proyecto, está gobernando hoy con un programa muy diferente –por no decir opuesto- al que su líder propugnó en la primera vuelta electoral de esta elección y durante los diez años anteriores. Sea porque reconoció que esa mayoría de peruanos que no votó por él en la primera vuelta (a buena parte de la cual tenía que convencer para tener posibilidades en la segunda) rechazaba los esquemas estatistas que él propugnaba, sea porque descubrió adónde llevaba el camino que él proponía, el candidato Humala tuvo el mérito de enmendar lo que era un descalabro económico cantado y persistir con los principios que solo en los últimos 10 años han sacado a 5,3 millones de peruanos de la pobreza y 3,6 millones de la extrema pobreza. Bien por él y bien, sobre todo, por el Perú.
No obstante lo anterior, nadie podría culpar, si decidiesen cambiarse, a los miembros de Gana Perú que siguen creyendo en La Gran Transformación. Por ejemplo, si congresistas como Javier Diez Canseco o Rosa Mavila decidiesen hoy irse a otras bancadas porque el presidente ya no defiende sus antiguas recetas filomarxistas, este diario no los condenaría. Más bien, tendría que reconocerles, más allá de la profunda nocividad de sus creencias, el mérito de la consecuencia. Aunque es cierto que sería una coherencia tardía, por decir lo menos, pues, bajo esta misma lógica, tendrían que haber renunciado a Gana Perú ya en los días en que Humala juraba respetar lo que Vargas Llosa llamaba “el sistema de política económica de mercado (…) que ha traído tan buenos beneficios al Perú”.

En cualquier caso, el punto es que uno puede muy bien cambiar de partido sin traicionar con ello su conciencia y a sus electores. Winston Churchill, que lo hizo varias veces, lo sintetizó muy bien: “Nunca he traicionado a nadie que no se haya traicionado antes a sí mismo”.
Hay quienes opinan que el transfuguismo debe ser combatido per se, porque esa es la forma de fortalecer a los partidos. Discrepamos. A los partidos los fortalece su aceptación ciudadana, no su capacidad de retener a quienes ya no piensan como ellos o a quienes están dispuestos a vender el poder –sea por dinero, favores o por más poder- que les ha otorgado el pueblo. El que abandona a un partido coherente que goza de sólido respeto popular se debilita a sí mismo más que al partido. Tanto el transfuguismo justificado como el corrupto, en fin, son consecuencia y no causa de la debilidad de los partidos.
No hay que castigar al trasfuguismo sino a la corrupción, que únicamente caracteriza a un tipo del mismo. El tránsfuga en sí solamente es alguien que fuga, y más de una vez ha sido verdad que, para escapar, no solo tienen motivos los malos.

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