martes, 12 de marzo de 2013

Lima bien vale un aquelarre

Por: Jorge Bruce

La penosa frase de Marco Turbio acerca de las mujeres, que dicen no para terminar diciendo sí, es reveladora no solo del estado de su mentalidad. Como él, muchos hombres ven con pánico a un número creciente de mujeres que, desde el siglo pasado, asumen su deseo y lo hacen respetar.
El problema no es que digan sí o no: es que ellas decidan. Para hombres criados bajo una ideología en la que el sexo “débil” debe plegarse a sus requerimientos, resulta aterradora la irrupción de ese deseo femenino que tiene su propia dinámica. Por eso la insistencia en aferrarse a unos paradigmas de comportamiento en donde las mujeres, como los cholos o los homosexuales, se supeditaban a los designios de los machos dominantes.
Pero la cosa va más allá. Sin proponérselo, sin darse cuenta, creyendo que soltaba un chascarrillo machista que haría sonreír a la pendejada limeña, reveló una mirada que excedía la división de género. Porque lo que asoma en los pliegues de esa expresión que tanto rechazo ha suscitado es la intención de manipular por todos los medios a su alcance la voluntad de los limeños. De ahí que se hayan encontrado tal cantidad de recursos tramposos en el bando de los promotores de la revocatoria. Desde el clientelismo miserabilista de fideos y galletas, hasta las firmas falsas y los financiamientos bamba. Todo esto al amparo de una ley desastrosamente concebida, así como unos organismos electorales como el JNE cuyo comportamiento nos deja un sinsabor sumamente inquietante.
Por eso la “broma” del no que significa sí es reveladora no solo de una ideología machista retrógrada por definición, sino también de una manera de concebir la política en donde solo los ingenuos creen que se está evaluando el desempeño de la actual administración municipal. A los promotores de la revocatoria esto les importa un ardite, como tampoco les preocupa el caos en el que van a sumir a la ciudad, si su propósito prospera. Lima bien vale un aquelarre.
De hecho, vale tanto que están dispuestos a cualquier cosa con tal de recuperar ese jugoso botín. Tanto en lo que respecta a los negociados como en lo que se refiere a las señales enviadas a la comunidad: no nos vengan con santurronerías; esta es una ciudad lumpen en donde se la llevan los que saben jugar sucio. Lo cual ha sido cierto en muchos casos, por lo demás. Es por eso que está en juego mucho en la votación del domingo 17 de marzo.
Si gana el Sí, habrá ganado esa ley no escrita de la anomia –como los martillazos que continúan en casa de mi vecino, una vez que pasó Serenazgo y el infractor se disculpó– y el asalto al bien común. Por eso el tráfico refleja a la perfección la sociedad y la ciudad en la que vivimos.
Gana el más achorado, perdemos todos, incluso el achorado. Pero quien se enfrente a esas fuerzas destructivas debe saber que la pelea será dura. Como el machismo, el racismo o la homofobia, los hábitos de manipulación y chantaje no se erradican sin firmeza y alianzas. Lo del domingo 17 será una prueba del grado de desarrollo de nuestro vínculo social.

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