sábado, 20 de abril de 2013

Cojos ilustres que caminan derecho

Por: Sigifredo Orbegozo Venegas

Con motivo de los vergonzosos indultos otorgados a narcotraficantes – con tarifa de tantos miles por año menos – otorgados por Alan García (y que no se haga el tonto), particularmente he sentido la ausencia del verbo y la pluma de Javier Diez Canseco.
Tajante, claro, fustigante e impenitente en su lucha contra la corrupción, él no daba tregua a los pícaros ni les temía a pesar del poder que tuvieran. Las Cosas eran al revés. Los políticos y funcionarios cotizables sin duda no lo podían ver. Nunca sus limitaciones físicas le sirvieron de pretexto para no asistir a las marchas donde muchas veces debía enfrentarse a los varazos de la policía ni a las piedras de grupos retardatarios. O para estar al lado de los campesinos necesitados en las alturas de nuestros andes. Fue un político que resistía a pie firme los embates de los gobiernos enemigos de la justicia social y los derechos humanos.
Soportó carcelerías injustas, destierro y atentados, mientras otros que tenían las piernas buenas las utilizaban para correr de la justicia hasta que prescriban los delitos.
A Javier lo conocí en 1978 en un Fórum internacional sobre “El voto de los Analfabetos” organizado por Enrique Bernales de la Universidad Católica del Perú. Conclusiones que sirvieron para incorporar dicho sufragio por la Constituyente, a la Constitución de 1979. Por azar me senté a su lado y pronto me di cuenta de la delgadez de sus piernas. A principio creí que eran ortopédicas, pero luego caí en la cuenta que la polio se había ensañado con él. Sus intervenciones fueron excelentes por lo bien fundamentadas y mejor expuestas, luego, con la experiencia, su oratoria se haría más vigorosa y contundente. Sus ideas, algunas tal vez no acertadas, las defendió con todo su cuerpo: con el sano y con el enfermo. Y siempre honestamente. Por eso en la actividad parlamentaria – como en su momento la de Carlos Malpica Silva Santisteban – por su argumentación lógica y valiente acompañada, además, de pruebas, siempre era esperada por sus partidarios y adversarios. Y escuchada con atención. Él habría sido un buen parlamentario en cualquier parlamento del mundo.
En un país donde “es muy difícil andar derecho”, Javier demostró – como César Lévano – que aunque flaqueen las piernas se puede uno mantener enhiesto si tiene una voluntad férrea y una honestidad a toda prueba. En la historia del valor y del talento, hay toda una estirpe de discapacitados ilustres que se remontan al Manco de Lepanto, Don Miguel de Cervantes y Saavedra, hasta ciegos esclarecidos como Jorge Luis Borges y en nuestra patria al mayor pensador que hemos tenido: José Carlos Mariátegui que pasó parte de su vida en silla de ruedas, pero no dejó de luchar nunca hasta el final.
La obra de estos personajes que se sobreponen a la adversidad, es, finalmente, el que con su ejemplo, completan la obra que les faltó hacer cuando se van. . .

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