martes, 28 de mayo de 2013

Recuerda que eres mortal

Por: Jorge Bruce
Es conocida la anécdota, probablemente apócrifa pero no por ello menos reveladora, del esclavo cuya función era recordarle al oído al César, cada cierto tiempo, su condición de mortal. A diferencia del emperador de Japón, quien en pleno siglo XX seguía persuadido, y sus súbditos con él, de su esencia divina. Lo cual a la postre fue desastroso en la conducción de la Segunda Guerra Mundial y significó un trauma irreparable para generaciones de japoneses, quienes no podían creer en la caída de Hirohito al reino de este mundo. Salvando las distancias, la reciente encuesta de GfK puede desempeñar un papel similar al del esclavo romano. La caída del presidente Humala y su esposa en el último sondeo podría ser lo que en inglés se denomina un wake up call. La alarma del despertador que te despierta de tu sueño dogmático y te ayuda a retomar el duro oficio de gobernar.
Ya se sabe que el poder produce una embriaguez permanente, como la ingestión continua de una droga como el éxtasis o la heroína, en donde todo contribuye a que los gobernantes se sientan los elegidos para ocupar un lugar privilegiado en el corazón del pueblo. Esas continuas visitas a provincias de la primera dama, o los viajes del presidente al extranjero. En cada una de esas situaciones el protocolo consiste en una serie de homenajes, agasajos, aplausos, cortejos, adulaciones, banquetes, atuendos y regalos que pueden hacer perder el sentido de la realidad al más sensato de los humanos. Ningún narcisismo es inmune a esa avalancha de demostraciones de pertenecer a una casta de seres distintos, dignos de ser amados por encima de los demás.
Por eso una encuesta con descensos en la popularidad y señalamiento de fracasos específicos como la seguridad y el enfriamiento de la economía es bienvenida. La disyuntiva que se abre, sin embargo, es riesgosa. El afán de recuperar el amor de las mayorías puede llevar a dos caminos. Uno, el más arduo pero necesario, es el de enfrentar las impopulares reformas en la policía, salud, educación, justicia, cultura. Impopulares porque implican chocar con intereses gremiales y también presupuestales en el propio gobierno. La inseguridad no se disminuye conformando comisiones, como se abusó en el gobierno de García, las cuales terminaron en un armario que Carlín fue llenando en sus caricaturas de Forsures y Anticorrupciones hasta que ya no cabía un alfiler.
El otro camino es el que hasta ahora parece haber dado buenos réditos en términos de popularidad, pero no ataca los problemas de fondo: los programas sociales. Necesarios, sin duda, en una sociedad tan desigual y afectada por contrastes escandalosos. No hay por qué frenarlos, además. Lo que se está exigiendo desde diversos frentes es una conducción clara y firme de los asuntos más espinosos. Hay una sensación angustiosa de que hacer política sigue siendo cuestión de luchas intestinas, a las que se dedica más tiempo que a lo fundamental. Combatir la corrupción no es solo investigar, con justa razón, los manejos turbios o las mansiones de los ex presidentes.

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