domingo, 1 de diciembre de 2013

Agradeciendo

Por: Roberto Lerner

La palabra “gracias” tiene que ver con el reconocimiento de haber sido objeto de un favor y el agradecimiento tiene una dimensión de acción que va más allá de la palabra. Esa acción de gracias que los habitantes de los Estados Unidos y Canadá celebran ecuménicamente una vez al año, independientemente de si está basada en algún hecho histórico, tiene que ver con lo que la tierra nos ha dado, lo que cosechamos de ella. 
El resultado de suerte, diligencia, esfuerzo, favor divino. Resulta que agradecer activamente, por ejemplo en familia, es un ingrediente no desdeñable en el bienestar de sus integrantes. 
El asunto va más allá de la cortesía o los buenos modales –pedir por favor o reconocer la amabilidad de quien nos lo hace– porque no se refiere a un hecho concreto. En realidad es una celebración de la oportunidad de vivir lo que vivimos, de apreciar la belleza con la que nos encontramos, experimentar los placeres que nos motivan, obtener resultados en lo cotidiano. 
Y, sobre todo, hacerlo de manera consciente, no con fórmulas fijas, con relatos y en grupo, varias generaciones juntas, como una renovación de la fuerza que las une y el pacto de trascendencia que da sentido a las familias y las comunidades. En el fondo, se trata de un juego solemne en el que los que agradecen están cooperando, se interesan por lo que sienten los demás, escuchan, cuentan, y, a través de la gratitud, generan un mensaje de moralidad compartida que puede ser una actividad intensa y también placentera. Tanto o más que las numerosas ofertas de diversión que nos propone la vida moderna.

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