martes, 19 de noviembre de 2013

Sin control de daños ni autocrítica

Por: Augusto Álvarez Rodrich 

La entrevista ofrecida ayer por el presidente Ollanta Humala a Patricia del Río, de RPP, intentó hacer un control de daños frente a la crisis política más grave de su gobierno, para que esta no se convierta en una crisis de gobernabilidad, pero no fue lo suficientemente efectiva para encarar el problema principal que hoy tiene su administración: de credibilidad. 
La explicación del presidente para la insólita protección policial a la residencia de una persona muy cuestionada es que fue un servicio indebido para quien necesitaba aparentar influencia para facilitar sus acciones de tráfico de influencias. 
Es una explicación débil para una situación que, por su dimensión, duración y singularidad, debió haber sido, en todo caso, la conclusión de una investigación profunda e independiente, en vez de parecer una solo para salir del apuro. La explicación presidencial de ayer negó la existencia de poderes paralelos que parecen obvios –no solo por la protección policial a Óscar López Meneses–, y que restringe todo el problema al ámbito policial, limpiando a gente de otros ámbitos como las fuerzas armadas o el propio Palacio de Gobierno. 
Es una explicación que, además, carece de un mínimo de autocrítica frente a un caso que constituye una situación gravísima ocasionada por personas nombradas en su gobierno, y –lo más importante– que deja de lado el hecho de que la respuesta del gobierno del presidente Humala a casos previos de sospecha legítima de corrupción ha sido lamentable. Por ejemplo, el viaje de su hermano Alexis a Rusia para sostener reuniones diplomáticas indebidas y no autorizadas, en cuyo caso la investigación no fue a ningún lado. O la cena en las Brujas de Cachiche, en la que fueron protagonistas el general Raúl Salazar –que terminó al mando de la PNP– y el hoy presidente de la comisión de Constitución del Congreso Omar Chehade, quien la sacó barata. Al final, no pasó nada. 
Ante una crisis como esta, donde más allá de patrulleros estacionados lo que está en cuestión, finalmente, es la credibilidad de su presidencia, Ollanta Humala respondió ayer con la actitud del que cree –erróneamente– que tiene asegurada la confianza de la ciudadanía. 
No es el caso, la situación requiere respuestas mucho más audaces que las ofrecidas ayer, principalmente alrededor de la promoción de una investigación caiga quien caiga y creando las condiciones para ello. Todo esto es especialmente riesgoso en una circunstancia en que la oposición quiere mejorar su capacidad de negociación –el Apra con la megacomisión y el fujimorismo con su líder preso en la Diroes– poniendo al gobierno contra las cuerdas.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Solo en este país (esta ciudad)

Por: Félix Villanueva
Todos tenemos una frase que otros usan, que son especialmente incomodas y molestas, en mi caso, son las que se usan en forma despectiva para decir "solo en este país" o "solo en (nombre de la ciudad) pasa esto". Es incomoda en primer lugar porque tienen una base pesimista, que nos coloca como "lo peor" en algo y segundo porque pocas veces es objetiva y basada en datos reales. 
Hace algún tiempo vi un manifiesto de Steve Keil donde mencionaba varios aspectos donde Bulgaria era el último en Europa, el último lugar en el índice de innovación europeo, detrás de Letonia; el último lugar en sistemas de salud, detrás de Rumanía; el menor PBI per capita de Europa, últimos en educación, menor porcentaje de emprendimientos en su continente y como consecuencia de todo esto el 62% de los búlgaros eran pesimistas sobre el futuro de su país. 
A diferencia de Bulgaria, para el Perú no he encontrado muchos índices de donde estemos últimos, los más llamativos y preocupantes son los relacionados a educación como las evaluaciones PISA (Programme for International Student Assessment), donde junto a Panamá ocupamos los últimos lugares entre los países de evaluados. Sin embargo estamos generalmente en media tabla, tomando como base a LATAM, conformada por 20 países, tenemos los siguientes indicadores (sin ningún orden en particular y en base a información pública):
Segundos después de Chile en el Doing Business
Quintos en Coeficiente Gini de desigualdad (UNDP)
Novenos en el Índice de Desarrollo Humano (UNDP)
Decimos en expectativa de vida (UNDP)
Decimo terceros en índice de extrema pobreza (UNDP)
Séptimos en PBI nominal (IMF y WB)
Terceros después de Argentina y Uruguay en EF EPI, que es un índice de nivel de inglés.
Séptimos en monto de exportación (The World Factbook)
Séptimos en monto de importaciones (The World Factbook)
Novenos en penetración de Internet (Internet World Stats)
Tercero después de Paraguay y Panamá en crecimiento de PBI 2013
Segundo con mayor porcentaje de población con participación activa en la economía (Cepal)
Décimo Segundo en tasa de desempleo (Cepal)
Décimo tercero en promedio de alumnos por maestro (Cepal)
Penúltimos en Gasto Público en Educación (Cepal)
Décimo segundos en tasa de mortalidad materna (Cepal)
Mencionar todos los indicadores disponibles sería obviamente bastante largo, sin embargo y volviendo a la frase título, no somos ni el peor ni el mejor país, como tampoco ninguna ciudad del país puede atribuirse como la mejor o la peor, sin una base objetiva. Pese a ello en cada región del país, de algún residente se puede escuchar "tenemos los peores conductores del país" o "tenemos las autoridades más ineficientes del país", solo darse una vuelta por otros pueblos, ciudades o países de Latinoamérica nos permitirá entender que tenemos males muy similares. En el Perú de hoy no podemos dejarnos llevar por el pesimismo, nuestras capacidades competitivas se verán irremediablemente debilitadas, y el resultado será más pobreza, mayores desigualdades y una peor convivencia. Hay que derrotar ese pesimismo que tantas veces anida entre nosotros, haciéndonos resistir o desconfiar. Como peruanos debemos estar entusiasmados por las posibilidades que ahora tenemos, especialmente para un país como el nuestro, dueño de una base de creatividad, inteligencia, buen paladar y sobretodo colaboración para superar ciertas turbulencias que son pasajeras, que no impedirán que aprovechemos nuestras ventajas y poder convertirnos en una nación estrella.

viernes, 15 de noviembre de 2013

¿…y qué hay de nuevo?

Por: Sinesio López
En el mundo globalizado las modas intelectuales son inevitables. Todos los que trabajan en el campo de las ideas conocen más o menos lo último (dicho a veces como quien cuenta un chisme) que se discute en las universidades más prestigiosas y más innovadoras del mundo. 
Gracias a la revolución de las comunicaciones la novedad se difunde rápidamente y se transforma en moda intelectual que, por definición, no dura mucho. Esas modas intelectuales hacen generalmente que las ideas se adelanten mucho a la realidad en la que ellas son discutidas. 
Eso no está mal si las ideas de moda abren paso a una realidad nueva. Cuando eso sucede, surge un debate intelectual (a veces muy ideologizado) sobre la conveniencia, la orientación, la calidad y el impacto de tales ideas. En ese momento comienza el tránsito de la historia de las ideas a la historia social. 
Lo novedoso es que este proceso se desarrolla ahora con una velocidad inusitada gracias a la comunicación virtual. Esto contrasta radicalmente con el pasado (antes de 1980) en el que todo parecía desarrollarse en cámara lenta. 
Todo tenía su tiempo relativamente largo: el surgimiento de las ideas nuevas, el debate intelectual, la conversión de lo intelectual en político, la transformación de la historia de las ideas políticas en historia social. Para entender mejor la diferencia pensemos en la distancia de más de un siglo que existe entre la Ilustración y la Revolución Francesa. El problema de las modas intelectuales se produce cuando las ideas de moda tienen poco que ver con la realidad. 
Es lo que sucede, a mi juicio, con el concepto de calidad de la democracia. Este concepto surge en otros países luego de la transición y de la consolidación democrática. Ese no es el caso peruano. 
En Perú hemos entrado a discutir la calidad de la democracia sin haber discutido la consolidación democrática (más allá de la crítica del sentido teleológico del concepto) porque la discusión sobre la transición peculiar e incompleta (que Perú tuvo con la fuga de Fujimori y con el gobierno de Paniagua) “se comió” el tiempo del debate intelectual y político sobre la consolidación. Esta no ha tenido un tiempo intelectual de debate. 
La discusión sobre la transición ha sido muy confusa y se ha prolongado más de lo necesario. Es un error sostener que la transición es inconclusa porque no culminó en la dación de una nueva Constitución. Es incompleta, pero no inconclusa. 
La transición concluye con las elecciones generales en las que gana Toledo en el 2001. Las elecciones generales constituyen una nueva legitimidad y acaban con la situación de ilegitimidad del pasado. Todas las cosas pendientes son herencias autoritarias que la consolidación tiene que resolver. 
La consolidación tiene que ver con la institucionalización y la rutinización de las reglas de juego (Schmitter) de la democracia tanto en el acceso al gobierno como en el manejo del Estado. Este es el tiempo del Estado de Derecho o del dominio de la ley. 
Ella puede pasar por tres niveles: la consolidación básica que se reduce a la alternancia democrática en el gobierno y que solo es democracia electoral; la institucional que, además de la democracia electoral, desarrolla el sistema de partidos, el Estado de Derecho, la legitimidad del Congreso, el funcionamiento eficaz de las instituciones; y la amplia que implica, además de todo lo anterior, el desarrollo de un sistema hegemónico en el sentido gramsciano. El Perú sigue estancado en la consolidación básica.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Nuestro principal fracaso

Por: Jorge Bruce
El sainete de la entrevista a Fujimori, con Gagó y Kenji bloqueando la puerta del tópico del INPE para que no salga la enfermera, mientras el reo se despachaba por teléfono con RPP, sería tan solo grotesco si no tuviera como telón de fondo tanta tragedia. Lo mismo puede decirse de la pésima puesta en escena del enfermo imaginario, en el tribunal que lo juzga por el caso de los diarios chicha. 
Es necesario recordarlo una y otra vez, porque a fuerza de reírnos de la ignorancia anatómica de Kenji (quien confunde el útero con el clítoris) o asombrarnos de la exaltada capacidad de negar la realidad de Martha Chávez, extraviada entre el fanatismo y la pulsión de muerte, corremos el riesgo de perder de vista lo que significó ese régimen para la historia del Perú. Esto es preciso tenerlo en cuenta, porque la memoria histórica es esencial en el proceso de construcción de la democracia. 
Si Keiko Fujimori lo entendiera, haría un esfuerzo para reconocer el daño terrible que el gobierno de su padre y Montesinos causaron a personas e instituciones, llevando la corrupción a unos niveles inéditos hasta para un país tan habituado a ese “pan sucio”, como lo acaba de llamar el sorprendente papa Francisco. “Hemos fracasado en ciertos puntos esenciales, particularmente en lo que respecta a la creación de una administración pública profesional e independiente. No hemos sabido instalar estructuras capaces de controlar la acción política de manera eficaz, no hemos sabido crear contrapoderes. 
Nuestro sistema es una farsa porque no hemos sabido inculcar un verdadero sentido crítico a nuestra opinión pública. Ese es nuestro principal fracaso”.  
Quien esto escribe no es politólogo ni peruano: es el escritor español Antonio Muñoz Molina, pero sus palabras, referidas a un reciente ensayo suyo titulado “Todo lo que era sólido”, nos calzan como anillo al dedo. Tampoco nosotros hemos practicado ninguna pedagogía de la democracia. 
Continuamos sugestionándonos con el arrullo del crecimiento económico, sin ver que lo que está sucediendo en países muchísimo más desarrollados, y a los que tanto nos vincula, como esta España ensimismada y hoy caída en desgracia, nos puede ocurrir en un futuro cercano. Es por eso, y no por un ánimo vengativo contra un gobernante ya condenado por crímenes de lesa humanidad, que no debemos tomar a la ligera estas burlas al veredicto que el Poder Judicial emitió en nuestro nombre. 
La pedagogía democrática aludida por el autor de Sefarad, es la única garantía contra la recaída en la patología autoritaria. El incidente detonado por la elección de Martha Chávez en el cargo más inapropiado posible, tratándose de una persona que siempre ha reivindicado los crímenes de Estado, so pretexto de la lucha contra el terrorismo, no debe ser analizado con la sorna que evocan los personajes estrafalarios. Tras los insultos a las víctimas y las muecas paranoicas, se agazapan los fantasmas que ayer nomás se apoderaron de una sociedad hastiada y dispuesta a creerse las mismas mentiras que hoy insisten en inocularnos.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Hoy miramos a Fukushima

Por: Guillermo Giacosa 
Hoy, mientras usted lee esta líneas, se estará llevando a cabo una de las operaciones de ingeniería más complejas de la historia. Ocurre, como lo hemos adelantado en una nota anterior, lejos de aquí para las medidas humanas, pero cercanamente peligrosa si tomamos en cuenta que se trata de fuerzas que no controlamos y ni siquiera conocemos lo suficientemente bien para poder dar seguridades sobre lo que realmente pasará. 
Se trata de la recuperación del reactor nuclear de Fukushima en Japón, dañado por un reciente terremoto y en vías de transformarse en una pesadilla para el conjunto de la humanidad. Las noticias que se difunden, cuando se difunden, tratan de aplacar los ánimos para que no perdamos la poca fe que nos queda en la responsabilidad de quienes gobiernan el planeta. 
El gobierno de Japón y la empresa responsable del reactor procuran presentar la mejor cara de esta situación y todos quienes aspiramos a que la vida triunfe rogamos que no ocurra el potencial desastre que algunos expertos auguran. Sin embargo nada es seguro ni creíble. 
Ni siquiera lo serán los informes que se difundan en los próximos días. Son tantos y tan grandes los intereses que se ocultan detrás de este y otros temas vinculados a lo que llamamos desarrollo, que sólo las generaciones futuras, si tienen la dicha de conocer los días y las noches como los hemos conocido nosotros, sabrán qué ocurrió en estas horas de quienes somos contemporáneos del actual drama causado por la ambición y la estupidez humanas. 
La energía nuclear, panacea vendida a la humanidad como energía casi limpia, puede hoy volver a mostrar, como en Chernobyl y en otros casos poco difundidos, su cara más terrible en tiempos de paz.