lunes, 21 de abril de 2014

Gabriel García Márquez, de profesión periodista

Por: Ángel V. Ruocco (*)
Gabriel García Márquez era ante todo, según él mismo afirmaba, periodista y, como tal, pude conocerlo a principios de los años 60 cuando yo era un principiante en ese oficio que él consideraba el mejor del mundo.
En esa oportunidad me encontraba en La Habana como integrante de un grupo de periodistas latinoamericanos invitados y, en una de las actividades programadas, que incluyeron una visita a Prensa Latina, pude cambiar algunas palabras con García Márquez.
Su producción periodística -Relato de un náufrago, incluido- era ya muy conocida y apreciada en nuestro continente.
García Márquez era, junto a varios periodistas latinoamericanos de primera línea, uno de los fundadores de Prensa Latina y, por ese entonces, corresponsal de la agencia, no me acuerdo si en Bogotá o en Nueva York.
En aquella época no había en Uruguay escuelas de periodismo que merecieran el nombre de tales.
Hubo apenas un cursillo breve de la Universidad de la República, pero quien quisiera ser periodista debía practicar directamente en los medios de prensa locales y además leer con avidez los artículos de quienes sabían escribir como se debe. Uno de ellos era precisamente García Márquez.
Aquí era imprescindible leer el semanario Marcha, donde escribía nada menos que Juan Carlos Onetti, y los maravillosos editoriales de su director, Carlos Quijano.
También eran una referencia ineludible los reportajes de otro grande del periodismo uruguayo, Carlos María Gutiérrez, primer latinoamericano en subir a la Sierra Maestra para entrevistar a los rebeldes encabezados por Fidel Castro y luego cofundador de Prensa Latina.
En la breve conversación mantenida con García Márquez hace ya más de medio siglo el tema fue, inevitablemente, el del periodismo, el de su validez como oficio y también como militancia. Y escuché con mucha atención sus opiniones y consejos.
Volví a cruzarme otra vez con el gran colombiano en 1971. A inicios de ese año había llegado yo a La Habana para ocupar el puesto de jefe de redacción de la revista Cuba Internacional, dirigida por otro uruguayo, el inolvidable Luis Martirena.
Por entonces, ya con casi 15 años de ejercicio de la profesión, empezaba a sentirme de verdad periodista, sobre todo después de haber sido uno de los redactores permanentes de Marcha. El día que Quijano aceptó un artículo mío, emocionado, le dije a mi padre "Viejo, hoy me recibí de periodista".
Pero sabía que debía seguir aprendiendo a utilizar correctamente las palabras y los conceptos, a considerar que la práctica periodística debe ir más allá de la noticia. Es que, como en todos los órdenes de la vida, en el periodismo no se termina nunca de aprender.
En ese segundo encuentro en Prensa Latina, García Márquez era ya el merecidamente famoso autor de Cien años de soledad, novela a la que alguien calificó con razón de El Quijote de nuestra era.
Con el respeto reverencial que un discípulo le debe a un maestro le dije que algo teníamos en común. En primer lugar, que ambos habíamos nacido un 6 de marzo, aunque yo cinco años después, y que nos gustaba el cine y el fútbol (yo sabía que él era hincha del Junior de Barranquilla).
Lógicamente también hablamos de la misión que le corresponde al buen periodismo.
Él no tenía pose alguna de famoso escritor y, con su consabida simpatía y amabilidad, conversó algunos minutos conmigo sobre esos temas. Me ratificó que él se consideraba sobre todo un periodista. Esos breves encuentros me marcaron para siempre.
ÂíCosas de la vida! Hace un par de años, mi hija, productora cinematográfica, tuvo la fortuna de conocer personalmente a García Márquez en Guadalajara (México) durante un festival de cine en el que ambos eran integrantes del jurado. También ella, como yo, atesorará de por vida esa experiencia.
(*) El autor es periodista uruguayo de larga trayectoria.

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