martes, 20 de mayo de 2014

Política, tabúes y derechos

Por: Nelson Manrique Gálvez 
La decisión del congresista Carlos Bruce de reconocerse gay ha tenido, y va a continuar teniendo, vastas repercusiones que van más allá del debate acerca del proyecto de ley sobre la unión civil entre personas del mismo sexo. Es de saludar el coraje personal de Carlos Bruce y el firme y sereno respaldo de sus hijos, al asumir una decisión que, en una sociedad como la nuestra, le va a ocasionar ataques personales bajos, como ya se está viendo en las redes sociales, donde se exhibe lo mejor y lo peor de nuestras subjetividades. 
Su gesto tiene implicaciones que van más allá de lo personal y permite asentar en un nuevo terreno el debate sobre temas fundamentales para la construcción de nuestra democracia. Abordaré el tema desde el terreno de nuestras representaciones mentales. 
La polarización que provoca la cuestión de los derechos de las minorías sexuales, así como el carácter pasional de las reacciones que suscita, va más allá de lo racional y es expresión de la existencia de elementos profundamente reprimidos en nuestro inconsciente, firmemente anclados en lo más primitivo de nuestro mundo interior, más allá –o más acá– de las determinaciones políticas y sociales. 
Temas como el sexo, la diversidad sexual y el racismo, cuando son tocados, movilizan, psicológicamente hablando, una profunda ansiedad e incomodidad, a nivel benévolo, y miedo, odio y agresión, a un nivel más primario. A nivel cultural estos temas fundan auténticos tabúes, que se manifiestan, entre otras cosas, en la autorrepresión personal y en la imposibilidad de nombrar aquello sobre lo que se extiende el tabú, a menos que se recurra a eufemismos, como decir “de color” o “moreno”, en lugar de negro, o aludir a los órganos sexuales usando circunloquios, porque es “impropio” mencionar las partes de la anatomía implicadas. En su célebre ensayo “El chiste y su relación con el inconsciente”, Sigmund Freud trató largamente sobre la forma cómo el humor –que es particularmente fértil en temas como la raza, el sexo y la homosexualidad– actúa como una válvula de seguridad para aliviar la presión de lo acumulado en el inconsciente, permitiéndonos tratar “en chiste” aquellos temas que están socialmente reprimidos. 
Esto es así porque esos contenidos tienen una particular fuerza perturbadora para nuestra subjetividad, como producto de la interiorización de valores que condenan a la oscuridad una parte importante de nuestro mundo interior. Y estos valores convierten nuestras subjetividades en un espacio de batalla, para legitimar determinados proyectos políticos, que en nuestro país hoy son profundamente autoritarios. Por eso es que no basta con la educación y el esclarecimiento ilustrado, porque lo que está implicado es una profunda transformación en materias que ni siquiera somos conscientes de que existen en nuestro mundo interior. 
De allí la enorme dificultad para conseguir cambios por la vía argumentativa. En estos casos, los cambios en la realidad pueden jugar un importante papel pedagógico, como se está constatando en las decenas de países donde ya se ha legalizado la unión civil y hasta el matrimonio homosexual sin que llueva fuego y azufre desde el cielo ni la vida civil se haya convertido en una orgía anunciadora del Armagedón. 
Durante el último periodo han empezado a producirse importantes cambios en las mentalidades en el Perú, y el tema de los derechos de las minorías y del respeto a la diversidad ha jugado un importante en que eso suceda. Esto es parte de un proceso de aprendizaje democrático que inevitablemente va a encontrar una enconada resistencia en reflejos autoritarios profundamente interiorizados. 
Hay, en unos casos, la resistencia a reconocer que existen derechos humanos que no están sujetos a mayorías y minorías y que, por tanto, no son materia de consulta o referéndum. En otros, se trata de una visión de la democracia que cree que la mayoría tiene el “derecho” de avasallar a las minorías. Es lo que está detrás de la demanda del cardenal Juan Luis Cipriani de someter el tema de la unión civil a una consulta. Ya Alexis de Tocqueville alertó, en el siglo XIX, en La democracia en América acerca de lo que denominó “la tiranía de la mayoría”, que en los EEUU que tanto admiraba desembocaba con una gran facilidad en linchamientos en nombre de la voluntad de la mayoría. Si la democracia va a defender los derechos del ciudadano es necesario que preserve, también, los derechos y la representación de las minorías. El debate está abierto y esto debe enriquecernos.

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