martes, 5 de agosto de 2014

Un héroe norteamericano

Por: Eduardo González Viaña

 En 1941, a pocas semanas de Pearl Harbor, los seis hermanos Dolan se presentaron voluntarios para ir a combatir contra las fuerzas de HItler. El pasado domingo me llamaron por teléfono desde Kansas City para anunciarme que mi amigo Jim Dolan estaba próximo a la muerte. Tal vez le quedaban 24 horas. Por casualidad, Jim cumplía 90 ese mismo día. Cada año, hasta el pasado enero, Jim conducía 3 mil kilómetros para viajar desde Kansas hasta Salem, Oregón. Además, como soldado durante la segunda guerra mundial, había estado innumerables veces mucho más próximo que ahora de la muerte. El lunes llamé al hospital para saber si ya había fallecido. Sin esperar respuesta, pasaron mi llamada a su habitación. Me identifiqué ante la enfermera que lo cuidaba. Ella repitió mi nombre en voz alta, y el paciente ordenó que le pasara la llamada. Mi amigo estaba consciente. Había ordenado que le retiraran los sedantes para poder despedirse. —Gracias, Eduardo. Bueno, ya era hora. Han venido muchas personas en estos días: mis hijos, mis nietos, sobrinos. Tengo una familia grande y amorosa. Lo curioso es que, sin ser vistos por ellos, había también algunos viejos sonrientes. Deben de ser mis hermanos, y mis compañeros, los que cayeron a mi lado en Iwo Jima y Okinawa. Me deben estar esperando allá arriba, y ya estoy listo.
En 1941, a pocas semanas de Pearl Harbor, los seis hermanos Dolan se presentaron voluntarios para ir a combatir contra las fuerzas de HItler. A dos de ellos no los aceptaron por razones de salud, pero Edward, Francis, Bob y Jim dijeron adiós a sus padres y cruzaron el océano. Edward fue uno de los héroes del día D, como se conoce a la invasión aliada en Europa, a partir de la cual comenzó la guerra terrestre contra los nazis. Diez mil compañeros suyos cayeron en la batalla de Normandía contra el muro del Atlántico, pero Edward resultó intacto e ingresó al París liberado. Luego de un día de gloria, al lado de su batallón siguió avanzando hacia Alemania. En la frontera, la bala de un francotirador le atravesó el corazón. Jim, Francis y Bob hicieron la campaña del océano Pacífico. A Jim le tocó pelear en la infernal isla de Iwo Jima. Tiempo después, combatiría en Okinawa en una batalla que duraría 82 días. Para entender la magnitud de la violencia, hay que recordar que un cuarto de millón de hombres murieron en ella. Gracias a los chicos Dolan y a millones de hombres y mujeres como ellos, en Normandía como en Stalingrado, en las diversas ciudades de Europa y en los campos, se derrotó a la bestia nazi. De no ser por su sacrificio, el nazismo seguiría aplastando Europa y tendría considerable influencia sobre el resto del mundo. No olvidemos que en el Perú, el partido “Unión Revolucionaria”, profesaba esa ideología, y la clase dirigente era declaradamente admiradora de Franco, Mussolini y Hitler. Después de la guerra, los hermanos Dolan continuaron sus estudios en la Universidad de Notre Dame. Descendientes de irlandeses, todos ellos eran profundamente católicos. Por lógica, el contenido revolucionario del Evangelio hizo de Bob un socialista norteamericano. 
Su pragmatismo lo llevó a formar “crédit unions” por todo el país, y fue uno los precursores del microcrédito. Instalado en el Noroeste, Bob pudo apoyar de esa manera al combativo sindicato de campesinos de César Chávez el líder hispano de los derechos civiles de Estados Unidos. La creencia en el Evangelio hace que mi amigo Jim me haya dicho con tanta alegría que estaba listo para partir. Ha muerto esta mañana, y mientras escribo, recuerdo sus palabras por teléfono: “Todos los días la muerte nos muestra su cara, pero si hemos creído en la justicia y hemos sabido amar a nuestra gente, seremos nosotros quienes la esperemos y le digamos: bienvenida, hermana Muerte.”

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