miércoles, 30 de abril de 2014

¿Poner militares en las calles daría seguridad?

Por: Carlos Basombrío 
Varios políticos y algunos diarios proponen ante la exasperante inseguridad que las Fuerzas Armadas entren a apoyar a la Policía en esta tarea. Estoy seguro que cualquier encuesta mostraría que la idea es popular, lo que no quita que sea una pésima opción. 
Ya en otros países, ante situaciones similares, se intentó lo mismo sin ningún resultado. Aquí también sería inviable y hasta contraproducente. 
¿Tenemos miles de soldados sentados en sus barracas esperando ser convocados para esta tarea? No. Es más, hay una gran dificultad de captar suficientes efectivos para realizar las tareas que ya tienen. Recordemos el desesperado y fallido intento de restaurar un servicio militar obligatorio para los más pobres. Aún si ese impedimento no existiese de qué serviría tener en Lima una ciudad de 8 millones de habitantes, digamos unos 5,000 soldados desperdigados con armas de guerra. 
¿Qué harían si vieran un robo? (Ocurriría muy pocas veces ya que los ladrones aprovechan los puntos ciegos que seguirían siendo cientos de miles). 
¿Se les ordenaría disparar sus fusiles ante un grupo de pandilleros o de barras bravas? 
Hay que entender que la inseguridad ciudadana y el crimen organizado requieren un enfrentamiento en múltiples frentes. Específicamente para hacer inteligencia, reprimir e investigar se necesita de una Policía que sepa, pueda y quiera hacer su trabajo. 
Combatir a un enemigo en una guerra es radicalmente diferente a garantizar la tranquilidad de los ciudadanos en sus casas y las calles. No creo que el gobierno vaya a cometer este error. 
Por su parte, militares y policías saben que por allí no va la solución. Pero, como se acerca una época electoral (en la que la demagogia llega al paroxismo) es importante evitar que el debate sobre seguridad sea sustituido por propuestas efectistas que no hacen sino retrasar los verdaderos cambios que urgen.

miércoles, 23 de abril de 2014

Hildebrandt: Lo menos importante de Gabo fue ganar el Nobel

En una columna dedicada por completa al recuerdo del escritor colombiano Gabriel García Márquez, el periodista César Hildebrandt subraya la importancia de las obras del premio nobel, dándole un nombre propio a la literatura de habla hispana, como años antes lo había hecho Miguel de Cervantes Saavedra. Hildebrandt refirió la manera en la que conoció la novela de García Márquez, llegando a sentirse un zombie, al igual que las otras personas que también habían leído ‘Cien años de soledad’. 
“Tenía 19 años y era un perfecto parásito de los libros y allí estaba en mis manos, caliente como un pan bíblico, el ejemplar de la novela que cambiaría el modo de escribir del siglo XX, el rústico ejemplar de editorial Sudamericana”, escribió en su columna en el semanario ‘Hildebrandt en sus trece’, 
Asimismo, afirmó que Gabo hizo sonar el idioma como nunca había sonado ‘desde que Cervantes fundó la modernidad del XVL’. 
Comparó el Ulises del escritor irlandés James Joyce con Cien años de soledad, la diferencia era que la segunda no necesitaba la mediación de José María Valverde. La prosa de GGM en la mencionada novela abría paso a una nueva literatura, la cual se conocería, años después, como ‘el boom latinoamericano’. 
“Y todo con un lenguaje que sonaba a sagrada escritura, al cúmplase y archívese de unos dioses paganos de Aracataca. Porque la prosa de Cien años de soledad tiene las cualidades de una profecía que se está cumpliendo mientras se lee y muchas veces parece el dictado de una voz colosal tomado por un escriba”, afirmó. 
En otras líneas, Hildebrandt consideró que la obtención del Premio Nobel de Literatura en 1982 es solo una anécdota en la vida del colombiano que no se puede comparar a la grandeza de sus novelas y lo capacidad que mantuvo para imaginar escenas que las plasmó en sus trabajos; siendo lo más importante de su vida que no se traicionó y jamás se tomó demasiado en serio. 
“Algún día, cuando la marea de la mezquindad, se haya retirado, se reconocerá en la obra de García Márquez la huella de un segundo y sudamericano Cervantes. (…) Lo menos importante de su biografía fue ganar el Premio Nobel, ese que Sartre despreció y que otros consiguieron a rastras”, apuntó.

lunes, 21 de abril de 2014

Gabriel García Márquez, de profesión periodista

Por: Ángel V. Ruocco (*)
Gabriel García Márquez era ante todo, según él mismo afirmaba, periodista y, como tal, pude conocerlo a principios de los años 60 cuando yo era un principiante en ese oficio que él consideraba el mejor del mundo.
En esa oportunidad me encontraba en La Habana como integrante de un grupo de periodistas latinoamericanos invitados y, en una de las actividades programadas, que incluyeron una visita a Prensa Latina, pude cambiar algunas palabras con García Márquez.
Su producción periodística -Relato de un náufrago, incluido- era ya muy conocida y apreciada en nuestro continente.
García Márquez era, junto a varios periodistas latinoamericanos de primera línea, uno de los fundadores de Prensa Latina y, por ese entonces, corresponsal de la agencia, no me acuerdo si en Bogotá o en Nueva York.
En aquella época no había en Uruguay escuelas de periodismo que merecieran el nombre de tales.
Hubo apenas un cursillo breve de la Universidad de la República, pero quien quisiera ser periodista debía practicar directamente en los medios de prensa locales y además leer con avidez los artículos de quienes sabían escribir como se debe. Uno de ellos era precisamente García Márquez.
Aquí era imprescindible leer el semanario Marcha, donde escribía nada menos que Juan Carlos Onetti, y los maravillosos editoriales de su director, Carlos Quijano.
También eran una referencia ineludible los reportajes de otro grande del periodismo uruguayo, Carlos María Gutiérrez, primer latinoamericano en subir a la Sierra Maestra para entrevistar a los rebeldes encabezados por Fidel Castro y luego cofundador de Prensa Latina.
En la breve conversación mantenida con García Márquez hace ya más de medio siglo el tema fue, inevitablemente, el del periodismo, el de su validez como oficio y también como militancia. Y escuché con mucha atención sus opiniones y consejos.
Volví a cruzarme otra vez con el gran colombiano en 1971. A inicios de ese año había llegado yo a La Habana para ocupar el puesto de jefe de redacción de la revista Cuba Internacional, dirigida por otro uruguayo, el inolvidable Luis Martirena.
Por entonces, ya con casi 15 años de ejercicio de la profesión, empezaba a sentirme de verdad periodista, sobre todo después de haber sido uno de los redactores permanentes de Marcha. El día que Quijano aceptó un artículo mío, emocionado, le dije a mi padre "Viejo, hoy me recibí de periodista".
Pero sabía que debía seguir aprendiendo a utilizar correctamente las palabras y los conceptos, a considerar que la práctica periodística debe ir más allá de la noticia. Es que, como en todos los órdenes de la vida, en el periodismo no se termina nunca de aprender.
En ese segundo encuentro en Prensa Latina, García Márquez era ya el merecidamente famoso autor de Cien años de soledad, novela a la que alguien calificó con razón de El Quijote de nuestra era.
Con el respeto reverencial que un discípulo le debe a un maestro le dije que algo teníamos en común. En primer lugar, que ambos habíamos nacido un 6 de marzo, aunque yo cinco años después, y que nos gustaba el cine y el fútbol (yo sabía que él era hincha del Junior de Barranquilla).
Lógicamente también hablamos de la misión que le corresponde al buen periodismo.
Él no tenía pose alguna de famoso escritor y, con su consabida simpatía y amabilidad, conversó algunos minutos conmigo sobre esos temas. Me ratificó que él se consideraba sobre todo un periodista. Esos breves encuentros me marcaron para siempre.
ÂíCosas de la vida! Hace un par de años, mi hija, productora cinematográfica, tuvo la fortuna de conocer personalmente a García Márquez en Guadalajara (México) durante un festival de cine en el que ambos eran integrantes del jurado. También ella, como yo, atesorará de por vida esa experiencia.
(*) El autor es periodista uruguayo de larga trayectoria.

miércoles, 16 de abril de 2014

Yo los invité, ¿cuál es el problema?

Por: Augusto Álvarez Rodrich
En medio de todo, buscando algo positivo de lo negativo, lo bueno de este escandalete por el uso político de los gobernadores y tenientes gobernadores a manera de portátil privada pagada con recursos públicos, es que puede contribuir a que, de una vez por todas, se desaparezca esta instancia de gobierno que hoy resulta a todas luces anacrónica.
Con 26 gobernadores regionales, 160 provinciales y 1643 distritales, se trata de una instancia gubernamental que, entre otras funciones, se encargan de asuntos tan diversos como informar sobre los conflictos sociales, el desarrollo de los programas y acciones del Estado, y hasta otorgar garantías personales.
Son funciones que, a simple vista, ya son realizadas por otras entidades del Estado, lo cual significa una duplicación onerosa de gestiones, y que hoy nos cuestan a todos los peruanos S/.84 millones al año.
Es un monto relevante que podría ser destinado a fines mucho más relevantes que financiar el proselitismo que realiza un gobierno. Eso claro que lo pueden hacer, pero que lo hagan con su plata, no con la que sale del bolsillo de los contribuyentes.
Por eso, se ve mal que el presidente Ollanta Humala se moleste y responda con malhumor a los periodistas que anteayer le preguntaron sobre los gobernadores que estuvieron en el patio de Palacio de Gobierno el día del anuncio del fallo de La Haya, es decir, qué hacían, cómo llegaron y, sobre todo, con la plata de quién.
“Sí, yo los he invitado… ¿cuál es el problema?”, respondió el presidente con un tono desafiante que debiera evitar especialmente cuando se está hablando de la transparencia en el uso de los recursos públicos.
Preocuparse por eso nunca será una mezquindad, aún cuando pueda ser irritante, pues todo presidente debe recordar que no es un zar que captura temporalmente el poder para usarlo a su libre albedrío, sino el primer mandatario de la nación frente al ciudadano.
Una posible explicación para este desatino es que lo mismo han hecho, con mayor o menor grado de prepotencia frente al respeto estricto del erario, todos los gobiernos que han precedido al del presidente Ollanta Humala, pero eso no es excusa para que, al igual que a los anteriores, se le critique con dureza por ello.
Estas gobernaciones podrían haberse justificado en otro tiempo en que la distancia entre el gobierno central y todo el país era enorme, pero hoy no tienen motivo, salvo el indebido de usarse como aparato partidario del presidente.
Por ello, se debe suprimir los cargos de gobernadores y tenientes gobernadores en todo el país, tal como lo ha sugerido la Asociación de Municipalidades del Perú (AMPE).

lunes, 14 de abril de 2014

Encuentro de titanes

Por: Marcela García
Directora
La experiencia contra la ambición y el personalismo. Uno representa al gran partido de la estrella venido a menos, el otro se representa a sí mismo, su partido no es tal. No hay democracia, hay autoritarismo, “El Gran Cambio “ ya no se lo cree nadie. 
El agotamiento puede hacer presa de uno, tantos años en el poder agotan, a esto se suma que los años pasan, y, en la evaluación de su gestión, esta no es del todo exitosa, ha dejado hacer. El otro busca la más grande investidura, pero se olvidó que “camino se hace al andar”, se olvidó que para ser reconocido, valorado y respetado, se necesita no solo dar becas de estudios, se necesita estar presente, junto al pueblo que lo eligió, es mejor el face tu face, que el twitter, por lo menos quien elige son las mayorías que no twittean. 
Los Titanes no tienen nada en común, pero hay que reconocer que sí son titanes, en este mundo de enanos, ambiciosos ¿Por qué nó?. Esto es humano, pero pensándolo bien, sí tienen algo en común, creer que el pueblo aguanta todo, y no es así, el pueblo despertó, en las elecciones del 2010, a ambos les dio menudo susto, sus expectativas de ganar holgadamente se vinieron por los suelos. Titanes, el pueblo sí ha aprendido,y lo que ustedes tienen en común es no saber escucharlo, ojo, ninguno de los dos lo escucha, parece que sí lo hacen pero qué va. 
Uno da abracitos y es buena gente, el otro da regalitos, manda a toda su tropa de ayayeros a que repartan por doquier desde chalecos, hasta arrocito. Ambos no han respetado a sus electores, ¡qué pena!, no saben lo que han perdido. 
Ser autoridad es respetar a quien te eligió, es amar el trabajo que haces, es conocer tu zona, ciudad, región o por último país. 
No para que te aplaudan, para saber qué y cómo puedes contribuir para una mejor calidad de vida. Ser autoridad es romperse el alma por la mejora de tu pueblo, ahora se van a romper el alma entre ellos, pero sospecho que van a quedarse solos. 
Ninguno nos va a representar, aplausos por el pueblo que tuvo nariz para saber cual otr@ es la opción.

martes, 8 de abril de 2014

Familia muy normal

Por: Jorge Bruce
La Conferencia Episcopal de los Obispos arremete contra la unión civil, alegando que “contraría el orden natural, distorsiona la verdadera identidad de la familia, contradice la finalidad del matrimonio”. Esto del “orden natural” es uno de los inventos más recurrentes de las ideologías autoritarias, históricamente. Los aristócratas poseían más derechos que los burgueses, estos que la clase trabajadora, quienes tenían más que los esclavos, los hombres que las mujeres, los adultos que los niños, los curas que los laicos, los políticos que los ciudadanos de a pie y así sucesivamente.
Lo cierto es que de natural, nada. Todas estas distinciones son culturales. Tan artificiales como una bolsa de plástico. Por eso, porque son creaciones humanas, la evolución de las sociedades exige remodelarlas continuamente. Hoy la aristocracia existe solo en las revistas frívolas, los derechos humanos están consagrados universalmente, la esclavitud ha sido abolida en todo el mundo (aunque se la practique bajo otras modalidades), las mujeres votan y trabajan, asumen su libertad sexual (cada vez más se ven, por ejemplo, parejas en donde las mujeres tienen más edad que los hombres), los niños exigen a sus padres que los respeten, etcétera.
El matrimonio no es la excepción. Los cambios de paradigmas arriba citados no han dejado incólume a esta vieja institución, diseñada para organizar el funcionamiento social, en particular en lo que atañe a la reproducción de la especie. Pero hoy disponemos de anticonceptivos, bancos de esperma, congelamiento de óvulos y fecundación in vitro. En consecuencia, el antiguo modelo de la familia de “Papá lo sabe todo” ha caducado, por lo menos en lo que respecta a su hegemonía. Hoy debe coexistir con otros formatos de vinculación.
Uno de estos es la unión gay. Sin embargo, el pánico que desata en algunas personas esta eventualidad hace ver que se trata de un punto sensible en una sociedad conservadora como la peruana. La fantasía parece ser que si se reconoce ese derecho, todo el sistema de creencias propalado por la iglesia Católica se va a desmoronar. Tranquilos. La unión civil viene sucediendo en buena parte del planeta, sin terremotos ni tsunamis morales. Conozco adolescentes criados por padres del mismo sexo y los veo sanos y felices.
Seguro tendrán problemas en algún momento, como cualquier chico o chica. Pero hasta ahora, todo bien. Lo que hace una familia no es un imaginario orden natural, sino los vínculos de amor. Si no me creen, les voy a citar a Dios: “NO al matrimonio gay. Sí a las familias NORMALES como la mía: madre virgen, padre paloma e hijo y padre la misma persona.” Bueno, se trata de un tuitero que, modestamente, se hace llamar Dios. Su imagen es la de un hombre con barba, bigotes, cabello largo, túnica y halo.
La resistencia enconada de los sectores más apegados a la tradición excluyente y discriminadora solo hará retrasar el cambio ineluctable. Por si los más jóvenes no lo recuerdan, la familia muy normal a la que alude el título de esta nota es la de los locos Adams.